
¡Todo por un clavo! Escribí aquella tarde en el pizarrón del aula. Mientras una alumna entregaba las consignas del práctico a sus compañeros. Era un taller de Ética Profesional para futuros abogados. El tema: "Los deberes inherentes al ejercicio de la Abogacía" y como dinámica para el debate, debían escribir un texto publicitando sus servicios en periódicos locales.
Los avisos fueron de lo más variado. Desde aquellos redactados con la mesura y decoro propio de la profesión, afortunadamente la mayoría, hasta aquellos reñidos con normas éticas o que inducirían a engaño a potenciales clientes.
El debate, como era de esperar, fue tan apasionante como enriquecedor. Pero el punto a destacar fue el tema que planteó un alumno sobre lo superfluo de una ética de los detalles, como le dio en llamar. A su parecer, existiendo tantas obligaciones del abogado con la Justicia, con el cliente, con los colegas, con la sociedad, ¿por qué centrarnos en la redacción de un aviso publicitario?
Todo por un clavo, le dije mirando la frase escrita en el pizarrón. Explicamos el punto.
La ética de lo simple
El aviso publicitario es la carta de presentación del profesional ante la sociedad. Tal vez para algunos, el contenido y formato del aviso es un detalle irrelevante. Pero soy de las personas que piensan que la ética comienza en los pequeños deberes, en la cotidianeidad de la vida. No debemos esperar grandes ocasiones para poner en práctica la dinámica de la responsabilidad. Difícilmente podremos tomar decisiones correctas en empresas o proyectos de envergadura, si no aprendemos a decidir lo correcto en las cosas simples. Claro que es más grave, por ejemplo, la negligencia frecuente en la tramitación de las causas o la violación al secreto profesional que recae sobre el abogado. Pero, así como se adiestra una virtud con decisión y repetición de actos buenos, también con la decisión de apartarse de la ética en cosas mínimas, se va allanado el camino a los vicios y a la deshonestidad.
Esto me recuerda una famosa leyenda basada en la muerte del rey inglés Ricardo III, en la batalla de Bosworth (1495). El rey Ricardo de la Casa de York, se preparaba para dar la batalla más importante de su vida, pues decidiría quién gobernaría Inglaterra. Apenas amaneció el día del combate, envió a uno de sus colaboradores a hablar con el herrero, para comprobar si su caballo favorito estaba en condiciones. Tenía problemas con las herraduras, así que rápidamente el herrero consiguió hierro y empezó a trabajar en ellas. Pero le faltó un par de clavos para una de las herraduras. Las tropas de Enrique Tudor avanzaban amenazantes y no había tiempo para esperar. A pesar de todo, el rey Ricardo decidió cabalgar al frente de sus hombres. Estaba en medio de la batalla cuando el caballo perdió la herradura, rodando por el suelo. Ricardo cayó y fue abatido por las tropas enemigas.
Desde entonces, en versos y canciones la gente en Inglaterra dice: "Por falta de un clavo se perdió una herradura,/ por falta de una herradura, se perdió un caballo,/ por falta de un caballo, se perdió una batalla,/ por falta de una batalla, se perdió un reino,/ y todo por falta de un clavo de herradura".
La enseñanza del relato
La moraleja es clara: en la ética de las cosas simples, se van nutriendo los grandes actos de heroísmo y honestidad de mañana. Es cierto que el camino del bien es arduo y difícil. Pero tiene la ventaja de operar como un imán, desencadenando los actos más nobles y desinteresados. Lo digo desde la piel de docente que nunca puede ser profeta de la desesperanza. La educación debe ser el refugio de la ética que enseñe a enfrentar la apatía y la anonimia moral despersonalizada. Y para ello hay que hablar de los valores morales que se concretan en el día a día de la vida y del accionar profesional, desde una ética de lo cotidiano.
Por Miryan Andújar
Abogada, docente e investigadora
Instituto de Bioética de la UCCuyo
