Bañarse en los antiguos canales que ya no existen era una costumbre colectiva, donde no se corrían tantos riesgos. Hoy está prohibido por el peligro de vida que ello implica.

No me he tomado el trabajo de saber si calores como estos que estamos viviendo tienen parangón en la historia de nuestra provincia. Recuerdo calores de 40º en verano, pero no con esta consistencia de días que parece no va a terminar. Y agudizo mi mente, buscando en algún lugar de la memoria recuerdos de aquellas siestas de la infancia, que eran absolutamente vivibles y aptas para las iniciativas que se despertaban en nuestra mente de niño. 

Por supuesto, no teníamos la edad de ahora y sus avatares. La niñez, tiene como esa coraza que robustece las energías, enaltece el ánimo, y uno hacía como que el calor ni lo rozaba. Y no había aire acondicionado que hoy, cuando nos falta en algún momento por un imprevisto corte, nos puede volver locos por su momentánea ausencia. 

El que podía, tenía como mucho un ventilador, que iba de aquí para allá entre las habitaciones o todos lo rodeábamos para que nos llegara algo de fresco. 

Siestas de la infancia
En aquellas siestas de la infancia, el recurso más a mano era el canal que pasaba por la calle Cereceto. Una actividad que las autoridades del agua tenían prohibida, pero que igual la ejercíamos con la libertad e impunidad inocente de aquellos años. 

Un tapón que hacía de dique de contención al curso del agua provocaba que esta se rebalsara en unos 15 o 20 metros y así se formaba como una pileta que permitía ensayar todo tipo de estilos, o diversas formas de "largarse", cada una de ellas dibujada en llamativas piruetas, cada cual más ocurrente y graciosa. 

La ropa quedaba en las orillas y con un pantaloncito corto, cuando no directamente en calzoncillos, nos íbamos al agua alegres y relajados. Por ahí, nos encontrábamos con la sorpresa de que las ropas dejadas en la orilla estaban sujetas a secretos anudamientos, que algún pícaro fabricó mientras uno se bañaba. Las recordadas "galletas" que originó uno que otro enfrentamiento. 

Los canales de nuestro San Juan, muchos de los cuales ya han desaparecido, con su pared de cañaverales en sus orillas, fueron el lugar común donde en muchas barriadas se repetía ese ritual que vivíamos por la esquina colorada. Una experiencia única lo representaba el intentar cruzar bajo el puente de la calle San Miguel, como alguna vez conté. Maniobra arriesgada, para nosotros, que igual sonaba a aventura y nos zambullíamos en el "sifón" que estaba de un lado, para salir por el otro victoriosos y entusiastas. 

Juegos en el agua
Otra experiencia era navegar sus aguas, montados en grandes gomas de camiones o de tractores, que alguien conseguía por ahí. Y no faltaban las "carreritas" con palitos, que lanzábamos cien metros más arriba, y el piberío seguía su recorrido entre festejos y alaridos, hasta que llegaban a la meta las "naves" competidoras. 

A los ganadores los premiábamos con "copas" fabricadas con el papel plateado de las etiquetas de cigarrillos. No había lugar para el aburrimiento.

Si nos quedaba quedarnos en casa, transcurrir esas horas cuando el sol cae a pleno obligaba a aguzar el ingenio para no pasar calor. Lo más directo era acostarse directamente en el piso, de mosaicos siempre frescos y limpios, frescura que se transmitía en la piel y nos permitía dormir sin el agobio del calor que quemaba el techo de nuestra casa. 

Cosas que hoy, me vuelven como un dulce recuerdo, cada vez que me enfrento con esta implacable potencia del sol, que altera los termómetros. Y los nervios.

 

Por Orlando Navarro
Periodista