Por Presbítero Fabricio Pons – Párroco de Santa Bárbara – Pocito

Estamos celebrando en este mes de septiembre, junto con toda la Iglesia mundial, el llamado "Mes de la Biblia”. La mejor manera de celebrar es "leerla” y "releerla”. La Biblia, "biblioteca sagrada”, está escrita en lenguaje humano donde se nos da la voz de Dios. En un texto del Concilio Vaticano II sobre la "Divina Revelación”, nos habla en estos términos acerca de su comunicación divina: "En esta revelación, el Dios invisible habla a los hombres como amigos, movido por su gran amor. Trata con ellos para invitarlos y admitirlos a la comunión con Él”. El texto conciliar describe la revelación de Dios manifiesto en la "Palabra”, y esta "Palabra” es un diálogo de amigo entre Dios y los hombres basado en el amor.
En la encíclica "Eclesiam suam de Pablo VI” explicaba la revelación como un verdadera conversación: "la revelación es el vínculo sobrenatural que Dios mismo ha tenido la iniciativa de instaurar con la humanidad puede representarse como un diálogo en el que el verbo de Dios se expresa con la Encarnación y después con el Evangelio”. "La historia de la salvación relata este largo y variado diálogo que arranca de Dios y empalma con el hombre una conversación amena y maravillosa”.
Toda la Sagrada Escritura, del principio hasta el fin, es aquella búsqueda amistosa y amorosa de Dios que habla a nuestro corazón. Podemos mencionar un personaje bíblico conocido por todos: Moisés. En el libro del Éxodo, segundo libro de la Biblia, se nos narra su elección y misión: sacar al pueblo de Israel esclavo en Egipto. Estos relatos son los más antiguos de la Biblia perteneciente a la llamada tradición Yavhista. Ningún otro documento antiguo nos habla de Moisés. Las consonantes hebreas "msh” que forman el nombre Moisés significan "sacado de las aguas”. Este nombre tiene que ver con toda su vocación y misión. A lo largo de todo el libro del Éxodo se va mostrando a Dios como un amigo cercano.
Podemos mencionar algunas imágenes: Dios "oye” el clamor y "conoce” las angustias de su pueblo pobre y afligido, "desciende” a mirar lo que pasa, "elige” a Moisés, le "sale al encuentro” en la zarza ardiente, le revela su nombre: "Soy el que soy”, lo "envía” hablar con el faraón, le promete que "estará en su boca”, le da el bastón para "actuar en nombre” de Dios y realizar signos, le pide que "extienda su mano” para que se abran las aguas del mar Rojo, lo "guía” en la marcha por el desierto, hace la "Alianza en el Sinaí” constituyendo a Israel su "propiedad personal”, habla con Moisés "cara a cara” como un hombre habla con su amigo” etc. Estas y muchas imágenes más aparecen revelando a ese Dios que conversa de manera amigable con Moisés.
La figura de Moisés patentiza la vida de todo creyente. Todo hombre que se abre a lectura de la Biblia se hace amigo de Dios, porque leer es escuchar, orar con las páginas sagradas es oír a Dios no con las orejas sino obedeciendo el corazón. Esta amistad con Dios nos hace mirar a nosotros mismos. Abramos la Biblia y busquemos aquel amigo que está ahí, que desea conversar y hacer amistad con nosotros.
