
Año tras año, el 8 de diciembre invertimos tiempo (y algo de dinero también) adornando nuestro árbol de Navidad. Probablemente sea el elemento más emblemático de la época navideña que ayuda a generar un clima especial en cada familia. Lo hacíamos con mis padres y hermanos desde niña y lo seguimos haciendo con mis hijos. No es un mandato familiar, mucho menos religioso. Es una tradición espontánea movida por la fe, que recibimos y transmitimos como legado simbólico. Y como todo símbolo, el árbol de Navidad tiene un valor representativo innegable. Desde el amor eterno y predilecto de Dios, hasta los valores propios del espíritu navideño, como son la paz y fraternidad. Lo cierto es que nos une con lazos invisibles. Desde las luces que representan la luz de Cristo en nuestra vida, hasta la necesidad de raíces que tenemos los humanos. Es difícil mantenerse en pie sin estar arraigado a la tierra. Todos signos válidos de una tradición milenaria. Sin lugar a dudas, el pino navideño tiene mensajes encriptados que vale la pena decodificar.
DEL EXCESO AL PAGANISMO
Ahora bien, cuando hacemos un culto del símbolo y olvidamos lo simbolizado, caemos en excesos que desvirtúan la esencia de lo representado. El eje central de la Navidad no es un reluciente y colorido pino adornado para la ocasión. Navidad es mucho más que brindis, euforia y regalos. Es un acontecimiento salvífico que une a toda la humanidad en una verdadera comunidad de origen y salvación. Dios se hizo hombre y puso su morada entre nosotros y para nosotros, sin excepción. El Pesebre nos abraza a todos.
Sin embargo, un cierto paganismo tentador que asedia a esta fecha nos desconcentra del verdadero sentido de la misma. A punto tal que Navidad suele quedar reducida a adornar un pino y llenarlo de regalos, en una visión consumista y comercial de la Navidad. Y allí, en el centro de la escena navideña, el querido árbol de Navidad, huele más a idolatría que a encuentro con Dios.
MÁS ALLÁ DEL SIGNO
En la escuela aprendí las operaciones básicas, pero la vida me enseñó que es más importante sumar que restar, multiplicar que dividir. Quizás ello explique por qué jamás propondría arrancar el colorido pino de la escena navideña. Sólo correr el velo de tanto ropaje, para que aflore el verdadero sentido de la Navidad. Como nos recordó recientemente el papa Francisco: árbol y pesebre simbolizan la necesidad de raíces y humildad.
Navidad es una lección de amor, de entrega total, sin estridencias, simple, alejado de toda ostentación. Dios se hizo hombre para escándalo de muchos. Nos primereó en el amor, porque salió a buscarnos primero (Evangelii Gaudium, 24). Tantas luces y fastuosidad suelen desviar la mirada de lo importante a lo superfluo. Como bien dice San Josemaría Escrivá: "¿Cómo vas a vivir la presencia de Dios, si no haces más que mirar a todas partes? – Estás como borracho de futilidades" (Surco, 660). Cabe entonces una pregunta a manera de reflexión final: ¿Dónde estará puesta nuestra mirada en esta Navidad?
Por Miryan Andujar
Abogada, docente e investigadora Instituto de Bioética de la UCCuyo
