Yo soy el buen pastor. El buen pastor da su vida por las ovejas. Pero el mercenario, que no es pastor, a quien no pertenecen las ovejas, ve venir al lobo, abandona las ovejas y huye, y el lobo hace presa en ellas y las dispersa, porque es asalariado y no le importan nada las ovejas. Yo soy el buen pastor; y conozco mis ovejas y las mías me conocen a mí, como me conoce el Padre y yo conozco a mi Padre y doy mi vida por las ovejas (Jn 10,11-18).
La Iglesia celebra hoy, en el contexto del Año dedicado a San José, la 58ª Jornada de Oración por las Vocaciones. Con este motivo, en su Mensaje, el papa Francisco reflexiona sobre tres palabras clave para toda vocación. La primera es sueño. Todos en la vida sueñan con realizarse. Y es correcto que tengamos grandes expectativas y metas altas. De hecho, si pidiéramos a la gente que expresara en una sola palabra el sueño de su vida, no sería difícil imaginar la respuesta: "amor". Es el amor el que da sentido a la vida, porque revela su misterio. La segunda palabra que marca el itinerario de San José y de su vocación es servicio. Se desprende de los Evangelios que vivió enteramente para los demás y nunca para sí mismo, revelando así su capacidad de amar sin retener nada para sí. Hay un tercer aspecto que atraviesa la vida de San José y la vocación cristiana, marcando el ritmo de lo cotidiano: la fidelidad. En un momento especialmente difícil, se pone a "considerar todas las cosas". Medita, reflexiona, no se deja dominar por la prisa, no cede a la tentación de tomar decisiones precipitadas, no sigue sus instintos y no vive sin perspectivas. Cultiva todo con paciencia.
Meditemos el texto evangélico de este domingo, pero antes se debe aclarar que los contemporáneos de Jesús estaban desilusionados con sus líderes: casi como nosotros hoy. Los acusaban con las palabras del profeta Ezequiel, de esquilar sus ovejas, vestirse con su lana, sacrificar a las más pingües, no apacentar el rebaño, no fortalecer a las ovejas débiles, no cuidar a las enfermas ni curar a las heridas, ni hacer volver a las que se extraviaban, ni buscar a las perdidas, y de dominarlas a todas con violencia y dureza (Ez 34,3-4). Hoy Jesús se nos presenta afirmando: "Yo soy el buen ("kalos") pastor" (Jn 10, 11). Existen dos palabras griegas para el calificativo "bueno". La primera es "agathos", que simplemente describe la calidad moral de algo. La segunda es "kalos" (utilizado en este versículo), significando que una cosa o una persona, no solo es buena; sino que además es bella porque en su bondad existe una cualidad encantadora que atrae sin excluir a nadie. Sus cualidades internas hacen que todo el mundo la admire. Jesús no contrasta al buen pastor con un ladrón, sino con un asalariado, es decir, un mercenario cuya única preocupación es recibir su paga, que no siente afecto por las ovejas y no asume ninguna responsabilidad por ellas. El mercenario (en griego: "misthtós") es alguien que realiza su trabajo esperando el estipendio (en griego: "misths"). Al mercenario le interesa el sueldo, no las ovejas. No pretende dar sino retener. Sólo tiene en cuenta lo que le conviene a él, no lo que beneficia a los demás. Ve el pastoreo, no como una llamada, sino solo como un trabajo; que huye del peligro, permitiendo que el lobo arrebate y esparza las ovejas. El Buen Pastor "ofrece" su vida por las ovejas. En este verbo se centra el ser y el obrar de Jesús, y se repite cinco veces en el evangelio de hoy. Antes, había puesto énfasis en aclarar las diferencias entre el auténtico pastor y el mercenario. El primero "da" sin esperar respuestas.
Toda vocación específica nace de la iniciativa de Dios. Él es quien da el "primer paso" y no como consecuencia de una bondad particular que encuentra en nosotros, sino en virtud de la presencia de su mismo amor. Decía Leon Tolstoj: "En la vida no hay más que un solo modo para ser felices: vivir para los otros". Esa es la esencia de toda vocación. Charles de Foucault, joven parisino embriagado de luz, cuando abrió los ojos al misterio de Dios exclamó: "En cuanto descubrí que Dios existe, entendí que sólo podía vivir para él". Siempre me impactó esta frase de san Luis Orione: "Al que llame a las puertas del Pequeño Cottolengo no se le preguntará si tiene un nombre o religión, sino sólo si tiene un dolor". El mercenario vive en el estrecho mundo de su yo. Es indiferente, mentiroso, y con su soberbia sólo aleja excluyendo. El buen pastor es quien saliendo de sí mismo cura heridas, venda corazones cansados, y levanta a todos aquellos que agobiados por la vida se sienten desfallecer.Es un convencido que el amor vence al odio, el bien vence al mal, y la luz derrite las tinieblas.
Por Pbro. Dr. José Manuel Fernández
