
Los enfilamos uno junto al otro, mirando al sur, esa fresca tarde de marzo. Lo tengo acá, como si fuera ahora. El de mi vecinito rojo reluciente; ese año se lo habían traído los Reyes Magos. El mío humilde, de un desvaído color verde que recuerdo con precisión, un poco más corto y ya viejito, pero mi orgullo.
Desde que al "Nene" le trajeron el rojo, había soñado noches enteras con desafiarlo a una carrera. En tiempos de Fangio, hacer frente con mi autito a la deslumbrante Ferrari de mi vecinito era una apuesta demasiado excitante.
La radio nos contaba las hazañas del gran Fangio y de Froilán González; por eso solíamos construir pequeños autos de carrera con latas de durazno al natural. Recortábamos una madera como piso; fabricábamos las rueditas con rebanadas de palo de escoba; les hacíamos su agujero central con un clavo ardiente y conducíamos el casero bólido con un largo alambre de acero que nos nacía desde el pecho, o quizá del corazón, así nos metíamos afiebrados hasta el anochecer en el extenso circuito que habíamos diseñado en la tierra suelta del potrero.
Jugar la carrera de mi vida era esta de mi viejo autito verde contra el rojo del amiguito. Era acomodarse propiamente al volante de una máquina profesional pero hecha a nuestra medida, y manejarla como lo harían los grandes maestros.
Esa tarde nos pusimos uno junto al otro mirándonos de reojo. Temblábamos de emoción. Aterrizábamos del sueño que desde casi una semana nos tenía como protagonistas de la carrera del año.
Ya estaba la taba en el aire. Pequeñín como era, tuve la certeza de que debía poner en mis movimientos toda la pasión y la fuerza de que era capaz, todo el ensueño que arrastraban mis escasas seis primaveras, escasas velitas que uno sopla pensando que se hace hombre.
Tenso, afirmé los piecitos en los pedales, persuadido de que el resultado dependía sólo de mí. Al grito de "¡Ya!" (creo que de Hugo) descargué mis ansias contenidas, puse en movimiento la esperanza de volar juntos con mi fiel cómplice de sueños la primera enorme hazaña.
Fueron suficientes tres pedaleadas para que mi verde desvaído compañero de quimeras se estremeciera como en una muerte repentina y quedara clavado en el primer esfuerzo.
No sé si por el brío a que sometí al autito, para el que quizá no estaba preparado en su vejez o porque tenía una avería que no había advertido, lo cierto es que se quebró en uno de sus travesaños de madera, clavándose en la tierra floja de la vereda del barrio, y yo quedé allí aferrado a la redonda y destrozada ilusión del volante, con mis piecitos y mis vírgenes esperanzas desparramados por la tardecita que se las tomaba cabizbaja de gorriones tristes.
De esos momentos de imaginería y emociones, mi autito pasó derecho a las sombras, un rincón final para las cosas caducas, en un arrebato entre mi vergüenza y mi aflicción. Con el transcurso del tiempo fui comprendiendo que su accidente -sólo una herida al fin- no había sido tan determinante de su abandono como lo había sido mi frustración.
Por el Dr. Raúl de la Torre
Abogado, escritor, compositor, intérprete
