Latinoamérica en ocasiones suele presentar análogos escenarios y con cierta simultaneidad. Se puede constatar históricamente, cuando períodos de dictaduras o el advenimiento de democracias, han registrado un sincronismo en el tiempo. Los episodios de vaivenes sociales e institucionales parecieron haber concluido en el transcurso de las dos últimas décadas, cuando algunos países ingresaron con paso firme y sostenido en el desarrollo. Es el caso de Chile o Uruguay, entre otros, otrora a la sombra de los gigantes que los rodeaban, se fueron transformando en luminarias que concretaban un paradigma de progreso en la región.

Sin embargo, desde hace unos 3 años, un escenario que se creyó ya pacificado para siempre volvió a tomar protagonismo. Y se trata de la calle, del espacio público. El mencionado Chile, en 2019 vivió intensos y temerarios episodios, con numerosos incendios y destrozos. Si bien pudo ser todo esto encauzado institucionalmente, la amenaza de desborde callejero ha permanecido latente.

Situaciones semejantes, a modo de erupciones de arrebato y agitación, se han podido comprobar en Argentina. Si bien nuestro país ha sostenido episódica y recurrentemente procederes callejeros en conflicto con toda armonía y consideración ciudadana, últimamente se han visto recrudecidos.

Tales situaciones se imaginaban exoneradas, teniendo en cuenta que los canales para la protesta ciudadana son hoy múltiples, además de efectivos y masivos. 

La retroalimentación recíproca entre medios de comunicación, redes sociales e interacción interpersonal, constituyen hoy un recurso sin precedente y al alcance de todos. Algunos podrán argumentar que un desborde en el espacio público es democracia. Sin embargo, democracia es todo lo contrario, es institucionalidad, respeto de la mayoría, y abstención del uso de toda violencia.

En 1989, Brasil se reencontró con la democracia, luego de 29 años de regímenes militares. Bajo distintos signos políticos, llegó a convertirse en la sexta economía del mundo. Y pese a las asimetrías sociales que Brasil ha registrado históricamente, logró sacar a millones de ciudadanos de la pobreza. El próximo 2 de octubre, 156 millones de brasileños votarán un presidente. Pero a pesar de que en política Brasil ha sido tradicionalmente pacífico, en la presente campaña parece haber roto tal tradición. Los 2 principales candidatos, el actual presidente Bolsonaro y el ex presidente da Silva, se han erigido como antítesis uno del otro, usando la estrategia de la exaltación y la movilización callejera. Esto ya ha dado lugar a 2 muertos, entre aluviones de descalificaciones y rotulaciones mutuas. La competencia en el plano programático y de ideas resulta inexistente.

La toma del espacio público a expensas de la mayoría de la población, y el soslayo de todo debate civilizado sobre temas de gestión, no representa un recrudecimiento del ejercicio político. Configuraría más bien la anti política.