László Biró en 1936, cuando trabajaba como periodista. Cansado de mancharse con su lapicera Pelikan, buscó una solución al problema y creó el bolígrafo.

 

Durante las tres cuadras que iban desde la escuela a mi casa, yo llevaba en una mano el portafolios y en la otra el tinterito de cerámica blanco lustroso tapadito con un corcho. Una odisea, porque de algún modo el tinterito se encargaba de perder tinta por todos los costados, por más que lo cerrara con la fuerza de mis pocos años del primer grado. Y luego tratar de limpiar de mis deditos esa tinta que se habían encargado fuera indeleble, tanto que el viejo pupitre de madera que contenía al tintero en un agujerito al frente lucía chorreado de vieja data, lo mismo que el rayado pino Brasil de su escritorio.

Y para qué recordar las ingratas lapiceras de pluma, que cuando la tinta se iba terminando la apretábamos contra el papel del cuaderno Rivadavia de tapas blandas y se abría como un río de lata o se doblaba y chau pluma. 

Para mi cumple de quince mi tío Antonio me regaló una hermosa lapicera azul cuya tinta se cargaba por succión en una entraña de goma negra. El maravilloso artefacto de lujo que venía en bello estuche tampoco evitaba las pérdidas de tinta y las persistentes manchas en nuestras manos.

Mi tío Juan Carlos fabricaba su tinta "Escolar" en la pileta de lavar y la vendía a domicilio en su chata Ford T.

Hasta que, según cuenta el "tío" Google, "todo comenzó en Hungría. En 1936, László Biró trabajaba como periodista. Cansado de mancharse con su lapicera Pelikan, buscó una solución al problema y creó un bolígrafo para escribir sin inconvenientes y que el papel absorbiera inmediatamente la tinta. Un día ingresó a la imprenta y vio cómo los rodillos imprimían los diarios, con la espesa tinta seca en el papel…".

Estando en Hungría el entonces presidente argentino Agustín P. Justo conoció el invento e invitó a su creador a patentarlo y fabricarlo en Argentina. Cuentan que Biró no supo que quien lo invitaba era el primer mandatario argentino. Creyó que se trataba de un periodista que quería darle una mano. Le hizo caso y viajó a Argentina.

Desde entonces quedó falsamente en la leyenda que la birome (nombre que tomó de su creador) fue un invento argentino y de un argentino.

Tener una lapicera recargable, de pluma, protegida con un capuchón, era un privilegio. Hasta que la contundencia de la realidad fue imponiendo ese cartuchito de plástico transparente, que contenía una tinta espesa que jamás se derramaba ni manchaba las manos. También podía ese cartuchito humilde estar contenido en una lapicera lujosa, pero la rutina ha ido dejando de lado ese pequeño lujo, desplazado por bolígrafos que se compran al por mayor y que incluso son usados por todos los profesionales y las oficinas públicas. Primó la utilidad por sobre la paquetería. Triunfó la humildad de un artefacto cotidiano que se patentó en nuestro país, creado por un húngaro que pasó a la crónica de los tiempos como un creador argentino, gracias a este caprichoso artificio de algunos argentinos compositores de crónicas endebles.

 

Por el Dr. Raúl de la Torre
Abogado, escritor, compositor, intérprete