"Ya vuelve a su reducto de tantos años… tranquito desparejo, mirando al suelo y su sombra amable mirándola a ella…".

Nuestra sombra nos acompaña como animalito fiel, como compañera inseparable. Hay quienes aseguran haber visto sombras que sobrevivieron a la persona que se fue del lugar o de la vida. 

Es ella, estoy seguro. Acurrucadita junto al viejo plátano del mercadito, espera que la atiendan para comprar la poquita verdura que consumía en sus últimos años. Digo su sombra y dijo mi madre, porque la Yeya está ahí junto a la pincelada de rumores que su figurita pequeña arrastra por todos lados. 

Ya vuelve a su reducto de tantos años, a juntarse con la cocinita de alacena verde de su departamentito y ensayar los ademanes de su pasado fragante a patio recién regado y primorosos salpicones. Tranquito desparejo, mirando al suelo y su sombra amable mirándola a ella para que no se le pierda en algún recoveco de la tardecita ya casi morada o en esos descuidos del recuerdo.

Esta tarde del domingo triste, como son todos los domingos, está sentadita en un viejo banco del andén de la estación San Martín, esperando que el Cuyano se lleve novias y reclutas que en una de esas pueden ser inocente carne de cañón en alguna guerra infame. "Después de la guerra, si es que después de la guerra existen días, te tomaré en mis brazos y te haré el amor, si es que después de la guerra tengo brazos, si es que después de la guerra existe amor", escribía John Lennon.

Ya San Juan llorisquea amargamente haber perdido corsos de fuego y fiesta y reducir a escombros casi peores que sus terremotos el abrazo triunfal de las chayas y la fantasía de sus radioteatros; haber pateado al fondo de casas cada vez menos cordiales las sillas que esperaban la brisa de otoño en las veredas. ¿Todo tiempo pasado fue mejor? El corazón de cada uno puede tener su respuesta. 

Vuelve la Yeya de la estación que ha despedido al último tren con pañuelitos despedazados en lagrimas, con ademanes que más se parecen a la ausencia que a despedidas. Vuelve mi madre con valijas repletas de una juventud que se le fue entre amores a sus hijos, encuentros y desencuentros con las cosas, el vocerío de los vendedores ambulantes, la urgencia por volver a su departamentito para taparnos la espalda en inviernos crueles, como pinta el añejo vals; para no dejarnos solos porque las madres y los padres jamás se despintan del cielo de sus hijos, aunque tragedias dolorosas los confundan en ventiscas inesperadas, muchas veces inevitables.

Vuelve la Yeya del oeste porque ya se fue el sol y es bueno guardar el día entre cuatro paredes que casi nos han parido.

Por favor, Yeya, preparanos una sopita de fideos cabellos de ángel.

 

Por el Dr. Raúl de la Torre
Abogado, escritor, compositor, intérprete.