Buenos Aires casi siempre se presenta melancólica, es su rostro, hasta que nos metemos en su espíritu de gran urbe, sus sombras y sus poemas en esquinas de cines y confiterías.

Esa fría mañana, el tren Cuyano nos había dejado en Retiro. Hoy entiendo perfectamente que era una proeza maravillosa viajar toda la familia a esa gran ciudad que tantas veces emergía nebulosa en nuestros sueños como paraíso inalcanzable. Y más cuando descubriríamos que la hazaña se lograba gracias a los pacientes y secretos ahorros de mi madre durante muchos años, estirando como honda que lanza sueños desde manos hogareñas el sueldito de un simple empleado público.

Siempre suelo volver a la foto de ese puñadito de seres casi inocentes que éramos; las remeritas brillosas de Hugo y mía, que guardamos varios meses hasta el día del viaje; la pollerita amplia de Delia y sus poquitos años, la vestimenta sobria de mis padres; cinco pichones de golondrinas aterrizadas en un potrero ajeno, amanecido de flores silvestres de nuestros insomnios ilusionados, que la realidad nos tiraba dócil a los ojos bajo la imagen de incesantes automóviles, gente de expresión adusta y anónima que entraba y salía de la gran estación como hormigas urgentes.

Y luego la entrada por las grises calles de Buenos Aires, mirando y acariciando todo desde el viejo taxi Siam Di Tella; y los vetustos edificios enormes a los costados, que desfilaban como gigantescos soldados cansados de una guerra centenaria. Buenos Aires casi siempre se presenta melancólica, es su rostro, hasta que nos metemos en su espíritu de gran urbe, sus sombras y sus poemas en esquinas de cines y confiterías; la maravilla de sus teatros orgullo ante el mundo, anocheciendo y eternamente en vela por sus avenidas; aquellos murmullos de Lavalle de los mil cines, hoy devenidos en anónimos supermercados, cocheras o galpones donde no reina nada.

Y caer en el acogedor Hotel Patagonia, Suipacha a metros de Corrientes, al que nunca más pude encontrar (allí creo que hay ahora una aseguradora que se burla de mis nostalgias), donde no imaginamos que años después ensayaríamos con el Maestro Bianchi, Pereyra y Asís nuestro primer disco para un sello internacional. 

En la media noche llegarnos hasta el Obelisco, donde jamás olvidaré aquellos jóvenes inocentes que como entretenimiento daban vueltas y vueltas con un Citröen en su derredor casi despoblado. ¡Quién iba a imaginar que tantos años después, este símbolo ilustre de la gran ciudad sería atormentado por muchedumbres tristes y mancillado por el herido destino que le dejaron pésimos gobiernos!

¿Dónde estás, Buenos Aires de aquellos esplendores que nos hicieron orgullo del mundo? ¿Qué te hicieron, reina del Plata, que las golondrinas con derrotados trajes de hombre huyen de tus costas hasta países presuntamente más humildes? 

Cuatro seres simples, ilusionados, paraditos en las escalinatas de Retiro, siguen mirando al horizonte, tomados de la mano, esperando el Siam Di Tella que los retornará a ilusiones extraviadas pero no resignadas, porque todo puede morir, menos lo que ya sucedió.

 

Por el Dr. Raúl de la Torre
Abogado, escritor, compositor, intérprete.