
Una mañana, consultando el Whatsapp, encuentro un largo mensaje que decía: "Hola, me llamo Carlos Berruti. Fui compañero de Hugo de la primaria y vivo desde hace más de 40 años en Viedma. Solía visitar a Hugo y por eso conocí muchas cosas del barrio donde vivían. Recuerdo perfectamente a tus padres, los café con leche suculentos que tu mamá nos servía con enormes tostadas con miel cuando nos íbamos a tu casa a la salida de la escuela; la canchita de los picados de fútbol, el torrentoso canal marrón donde nos bañábamos junto al ramaje esmeralda, la humildad del barrio, muchos de los chicos con los cuales jugábamos a las balitas, las figuritas, la payana o los trompos. He seguido toda la vida vuestras canciones y me decidí a escribirte. Sentí mucho lo de Huguito…”.
Cuando leí esto experimenté una gran emoción porque recordé perfectamente a Carlos Berruti y su carita de nene inocente; seguramente se haya sorprendido cuando le confesé la retención de esa imagen.
Durante unos meses intercambiamos mensajes, contándonos algo del tiempo que siguió a aquellos días de la fresca infancia. Me enteré del camino que él había tomado en la vida, de su trabajo en esa ciudad de Río Negro y algunas anécdotas.
Estamos hablando de cosas sucedidas durante esta aventura de la pandemia, por eso charlamos de cómo se transita en su ciudad y cómo acá.
Han pasado más de dos meses y el Whatsapp de mi amigo ha enmudecido. Raro, porque teníamos frecuente intercambio. Por natural prudencia, dejé pasar varios días, hasta que, intrigado, me animé a reiterarle un mensaje preguntando por él. No obtuve respuesta. Hasta hoy.
Esa zona virtual que guarda tantas significaciones, ese casillero de impresiones, transparentes cartas y revelaciones donde hoy la vida transcurre en instantes compartidos en segundos, está como retirado de todo, una esquina que perdió sus rumores. Mientras los recados vuelan como palomas generosas de paz por el aparatito que no se cae de nuestras manos, salvo para dormir, el sitio de Carlitos es una puerta cerrada, una casa deshabitada, un tapial derruido, un pasado enmudecido. Uno piensa lo peor en estos casos. Tanta ausencia acorrala, tanta incertidumbre pone límites a las vivencias y duele. Este vacío se une a tanto perfume a flores secas, tanta ansiedad por la normalidad, por estar cerca de seres queridos o quienes de algún modo son parte de nuestra vida; tanto silencio a veces.
Sigo esperando se abra el portal del Whatsapp donde tiene un cuarto o una ventana habitaba Carlitos Berruti y su esquina florida, ese verde violín de mensajes, y alguien responda qué corazones golpean ahora las tardes casi detenidas, qué manos hacedoras siguen construyendo. Casi obvio es señalar que, por razones de prudencia, aquel muchacho que habitó la niñez de mi hermano tiene otro nombre y vive en otra ciudad de la lejana Río Negro.
Por Dr. Raúl de la Torre
Abogado, escritor, compositor, intérprete.
