"Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos”, decía Pablo Neruda en su inolvidable poema número 20 ("20 poemas de amor y una canción desesperada”, Chile, 1924). Si bien es un poema de amor, extrapolado puede describir el sentimiento que nos invade cuando vemos tanta agrieta e intolerancia entre los argentinos. El amor duele, diría el poeta chileno. También nos duele la patria porque nosotros, los de entonces, tampoco somos los mismos. Efectivamente, perdidos en el fango de la desmesura nos hemos convertido en verdugos de nuestros hermanos. ¿Dónde nos quedó la patria? Es la pregunta que empieza a resonar en la conciencia colectiva. Habitamos la misma casa, nos unen los mismos lazos de sangre vertida por aquellos que se animaron a cortar cadenas y pensarnos como patria. Ligados por vínculos jurídicos, históricos, culturales, religiosos y afectivos, hicimos de esta tierra una gran nación. El territorio de lo común es más vasto y fértil que el desierto de las diferencias. Sin embargo, a fuerza de tanta violencia verbal y agresiones, hemos convertido al hermano que piensa distinto en un paria de su propia tierra.
DEL NOSOTROS, AL NOSOTROS Y ELLOS
Repasemos el glosario que hemos inventado para descalificar al otro. Del nosotros que nos incluía a todos bajo el mismo cielo, pasamos al nosotros y ellos. Nosotros, los dueños de la verdad, ellos los socios de la mentira. Nosotros somos frutos de la democracia, ellos son hijos de la dictadura. Nosotros somos el pueblo, ellos los descalzados. Nosotros la justicia legítima, ellos la inmundicia de la justicia. Nosotros somos los aguerridos halcones, ellos las débiles palomas. Nosotros los "bien perfumados”, ellos los que huelen a fritura y choripán. Nosotros defendemos ideales, ellos militan un relato. Nosotros la civilización, ellos la barbarie. Los ejemplos de descalificación son incontables, de uno y otro lado de la grieta. "Al que le quepa el sayo que se lo ponga”, dice el conocido refrán.
La patria nos duele, porque no somos un pueblo que celebra las desavenencias. Nuestra identidad cultural es un gran puzle o rompecabezas. Como sí la patria fuese una realidad o figura que combina determinadas piezas. Con una característica que nos define como nación: en cada una de las piezas, hay una parte del todo. Desde esa mirada, no hay posibilidad de un nosotros y un ellos. Sólo hay cabida para "un nosotros que nos incluya y hermane a todos” (Mensaje de inicio de año de la Comisión Ejecutiva de la Conferencia Episcopal Argentina del 28 de diciembre de 2022).
PERDIDOS EN LA CONTINGENCIA
No somos un pueblo que festeje los desacuerdos. Más bien miramos con estupor y vergüenza ajena el triste espectáculo que suelen darnos algunos políticos. Miran todo desde la cima del poder con los mezquinos anteojos de los intereses personales o partidarios. Por eso hacen de todo un ring y ocasión propicia para denostar y cancelar al otro. Perdidos en la contingencia, muchos olvidaron las exigencias del bien común. Cada vez más distantes de la gente y de sus legítimas preocupaciones. ¿Dónde les quedó la patria? Mientras tanto acá abajo en el llano, el pueblo celebra con júbilo lo que nos une. El reciente festejo ante el logro del anhelado campeonato mundial de fútbol, es muestra de ello. Millones de argentinos vistieron de fiesta ciudades, pueblos, plazas y calles de nuestro extenso país. Fuimos a buscar una estrella y lo logramos. Celebramos la coronación del esfuerzo, del mérito y de la epopeya de un grupo de argentinos que de alguna manera mostraron un camino. Un camino donde el nosotros es mucho más que un pronombre personal. Es plural y nos convoca a todos. Scaloni lo entendió mejor que nadie. Esperemos que la política tome debida nota.
Por Miryan Andujar
Abogada, docente e investigadora
Instituto de Bioética de la UCCuyo
