
Cualquier cultura o civilización que se elija a fin de ser observada a través de la lente de la historia, posee una constante: la presencia de arte. No pocos rincones del pasado han podido ser iluminados merced al minucioso escudriñado del arte de cada período, en su infinita capacidad comunicativa. Testimonios tangibles que llegan desde el pasado revelan desde individuales y modestas genialidades, hasta significativos recursos humanos y materiales volcados a la realización artística.
Actualmente, el arte se encuentra tan entremezclado con cada objeto y manifestación en el primer plano, que no solemos percatarnos acabadamente de su presencia y papel preponderantes. Resultaría insuficiente cualquier conjetura sobre la cantidad de horas hoy consagradas al disfrute de música, películas o series, con las omnipresentes publicidad, modas, etc.
Pero una pregunta intercepta con sólo asomarse dentro del inconmensurable territorio del arte. Y se refiere a qué es precisamente el arte. Porque, por caso, no cualquier huella sobre una tela podría considerarse una manifestación artística. Hay quienes que inclusive sostienen que trazos y manchas que sobre un lienzo hacen jugando algunos simios, sería un género de expresión artística. O que cualquier sonido emitido tendría el germen de la música.
Por otra parte, están aquellos que ligan el arte con la belleza; es decir que toda recreación de belleza sería arte. Pero esto complicaría sobremanera el tema, ya que sería difícil encontrar un término más recopilador de controversias y subjetividades que el de "belleza”.
Actualmente, el arte se encuentra tan entremezclado con cada objeto y manifestación en el primer plano, que no solemos percatarnos acabadamente de su presencia y papel preponderantes.
LA POSTURA DE ARISTÓTELES
Resulta iluminadora y oportuna la poco referida postura de Aristóteles al respecto. Para él, arte sería una producción consciente, es decir, intencional, humana y en pleno uso de facultades. Pero este filósofo no deja librado al antojo o a la espontaneidad indefinida el contenido. Para Aristóteles, la producción artística debe estar basada en el conocimiento, en algún saber, mensaje o intención, aunque no en rebuscadas complejidades conceptuales. Deja en claro que no hay arte si no se transmite algo en el orden intelectual, aunque resultase difícil dilucidar qué, como en el caso de la música. Suele sucedernos cuando escuchamos determinada pieza musical, que nos llega a edificar e inspirar, nos abre inesperadas perspectivas, pero no podemos explicarlo o verbalizarlo. Porque parecería que cuando las palabras agotaron sus posibilidades, es cuando acude el arte para revelar, exteriorizar y comunicar.
El enfoque aristotélico se condice con todos los secretos inexpresables que, desde hace siglos y milenios, susurran esculturas, textos, vasijas, catedrales, pinturas o pentagramas, dando cuenta de dimensiones humanas que de ninguna otra manera serían factibles de ser develadas.
Esta perspectiva también arroja luz sobre aquellas creaciones particularísimas, sin propósito ulterior. Piénsese en la escenas de caza de las Cuevas de Altamira, correspondientes al Paleolítico superior (unos 35.000 años atrás). Estos grabados y pinturas no tenían ningún fin utilitario, ni siquiera soñaron contar con público, pero sí respondieron a la necesidad expresiva de alguien. Reflejan la concepción y perspectiva de su mundo: la lucha con la naturaleza por la supervivencia. Vibra en sus esquemáticas figuras la tensión de aquella existencia.
TRANSMISIÓN DE SABERES
Tempranamente en la historia, el arte fue entendido por el poder como una muy efectiva forma de transmisión de saberes y contenidos. Como ejemplo, en el medioevo no existían ni medios masivos ni redes sociales, pero igual que hoy, la atención de las personas se sentía atraída hacia la creación estética. Se podría entender la estética como el logro de una armonía y consonancia que complace y hasta llega a fascinar a las personas.
Las esculturas, pinturas o vitrales de las iglesias gestadas en aquel período, fijaban cánones estéticos. No solamente mediante posturas, gestos, vestimentas y actitudes de las figuras esculpidas o representadas, sino también en las historias que quedaban flotando, a veces inasibles y a veces no.
Los geniales artistas de entonces siguen asombrando con su encumbrada capacidad para cristalizar las ideas, valores, narraciones y comportamientos que se deseaban generalizar. Los frescos de la Capilla Sixtina – realizados por Miguel Ángel de 1508 a 1512 – abundan en estas sugestiones visuales que trasuntan los valores espirituales del momento.
En declive incuestionable y más cerca en el tiempo, regímenes con vocaciones dirigistas de todo el mundo han pretendido imponer alguna especie de "arte oficial” – cristalizado en cierta música, cine, propaganda, etc. -, con el malogrado propósito de adoctrinar y manipular. Lo que no advierten algunos estrategas es que las personas, aunque puede que no en lo inmediato, llegan a distinguir instintivamente lo que es genuino de lo que no lo es. Lo que sólo es truco, les termina resbalando por su conciencia dejando sólo una estela de ironía. El verdadero arte enciende un concepto. Y lo que se disfraza de arte, no puede evitar terminar siendo siempre una confesión.
Por Marcelo Medawar
Licenciado en Ciencias de la Comunicación
