La cultura de la falsía hace estragos en nuestra sociedad. De tanto convivir con el doble discurso nos vamos acostumbrando a la doblez y a la simulación. Como una especie de adormecimiento moral colectivo. Cada vez olvidamos con mayor rapidez el fingimiento en el que caen algunos dirigentes y líderes. El periodismo acuñó una frase que describe acabadamente este fenómeno: "pocos resisten un archivo".
* La falsedad y sus consecuencias
Más allá del acostumbramiento mencionado, lo cierto es que la falsedad en las palabras o en las acciones tiene consecuencias negativas. En primer lugar, genera inseguridad.
Efectivamente, frente a afirmaciones opuestas o hechos que contradicen afirmaciones provenientes de la misma persona, uno no sabe cuál es su pensamiento real. Tampoco sabemos si volverá a negar o contradecir lo afirmado. Esta inseguridad genera más incertidumbre y zozobra. Muchas veces, los ciudadanos no sabemos dónde estamos parados ni frente a quién estamos parados.
La segunda consecuencia es la falta de confianza que genera esta actitud de proyectar una imagen falsa sobre lo que realmente se piensa. De allí que confianza y seguridad vayan de la mano. Tener confianza en alguien es vencer la incertidumbre respecto a las acciones del otro. De alguna manera, el tener confianza en los demás nos permite predecir sus comportamientos y ello nos da un marco de seguridad en la toma de decisiones.
Ambas consecuencias, inseguridad y desconfianza son contraproducentes en estos tiempos de crisis provocada por la pandemia. Nuestra sociedad requiere certidumbre y confianza. Certidumbre y confianza que da el saber que aquellos que gestionan en crisis, lo hacen apoyados en la verdad y en el testimonio de su coherencia personal. Necesitamos líderes auténticos, con temple moral, con más mesura y menos virulencia discursiva y gestual, capaces de resistir el implacable alegato de los archivos.
*Exigencias morales en tiempos de pandemia.
En ese sentido, cabe recordar que moralmente, la falsía o doble discurso es un antivalor. Sus aliadas son de notoria inmoralidad. En efecto, la falsedad se apoya en la mentira, la especulación egoísta y la primacía del interés personal o de un grupo por sobre el interés general.
Ahora bien, esa especie de adormecimiento moral colectivo al que hacíamos referencia, parece ir cediendo frente a la crisis ocasionada por la pandemia. Es como sí la sociedad se fuera despertando de su letargo moral y empezara a exigir posiciones claras, verdaderas, científicamente rigurosas y comunicadas con el tono desensatez y prudencia que exigen los convulsionados tiempos que vivimos. Nadie tiene derecho a cargar con más peso, la agobiada espalda de los argentinos. Hemos apoyado colectivamente medidas restrictivas de las más básicas libertades individuales, en nombre de un bien superior: la salud pública. Y lo hemos hecho conscientes del enorme costo económico y social para muchos argentinos que habitan en la intemperie de la vulnerabilidad, el hambre y la exclusión. No se sí hay observatorio que mida la decepción que produce el descubrir tanta inconsistencia y falacia. Pero de algo estoy segura: falsía y verdad nunca viajan juntas. Es la enseñanza que nos deja un tradicional cuento griego que narra la historia de un encuentro entre ambas. Falsía mostraba una lujosa vestimenta frente a las harapientas ropas de Verdad. Verdad tenía hambre. Falsía la llevó entonces a un restaurante y pidiendo la mejor comida, se fue sin pagar haciendo víctima de su engaño al inocente mozo. – ¿Ves cómo funciona el mundo? dijo satisfecha Falsía. Verdad, arrepentida de haber compartido un momento en el camino le contestó serenamente: -Prefiero morirme de hambre a vivir como tú. Así cada cual siguió su camino y nunca más viajaron juntas. Hasta aquí el relato. La enseñanza es clara: la honestidad no puede pactar nunca con la mentira y la doblez.
Por Miryan Andújar
Abogada, docente e investigadora
Instituto de Bioética de la UCCuyo
