El voto es obligatorio. No votar es una traición que se hace a sí mismo. Es una claudicación no sólo como ciudadano, sino también como padre, como tutor del futuro de sus hijos.

Los que ya acumulamos la experiencia de varias votaciones, en mi caso desde 1973, y hemos visto pasar todo tipo de ensayos políticos, con gobiernos de facto o constitucionales, se nos ocurre que las de este 13 de agosto tienen una trascendencia vital para nuestro país. Arrastramos tantos años de deterioro y hemos visto descender el nivel de vida de los argentinos, a cifras inimaginables, diríamos que de espanto, que nos gobierna una certeza: así no podemos seguir. De todas las propuestas que venimos escuchando, el pueblo elegirá, quiera Dios, aquella que mejor interprete esa necesidad. Los tiempos se agotan, y las cartas ya están jugadas. No habrá nada nuevo para mostrar hasta ese día. Lo que se dijo, dicho está y el ciudadano elegirá en el cuarto oscuro la boleta, entre las múltiples que se le ofrecen, que él considera cumple con aquel objetivo.

Se debe ir a votar

Por eso considero que se ¡debe ir a votar!, si se me permite el imperativo. Nadie puede esconderse en que ya está cansado de las políticas y de los políticos, para quedarse en casa y dejar que otros decidan por él. El ciudadano deberá estar plenamente consciente que estará delegando en un tercero una decisión que le pertenece irrenunciablemente. No votar es una traición que se hace a sí mismo. Es una claudicación no sólo como ciudadano, sino también como padre, como tutor del futuro de sus hijos. Es como ceder, perdón por la exageración, la patria potestad sobre ellos, a manos de un desconocido. Y cuando afirmo que libera a consideración de terceros el futuro de su familia, estoy afirmando que también lo hace, por carácter transitivo, con el destino de su Patria. 

No puede uno explicarse cómo es posible que aquella notificación de la justicia cordobesa sobre que "el voto es obligatorio, pero no habrá sanción si no lo hace", no haya merecido un público rechazo de lo que se denomina "arco político". ¿Cómo es eso de que algo obligatorio, no es punible si no se cumple? No soy abogado y puede que no sea sancionable, si no se observa la Ley Sáenz Peña de "voto secreto y obligatorio". Pero el sentido común me indica que es un contrasentido. Una pena debe existir, como cuando usted se olvida del carnet de conductor. Una multa, al menos, habrá que pagar. ¿Por qué entonces "no pasa nada" si no se va a votar?

Sobre esta cuestión hay una interpretación que se recibió con la resignación de quien fue estafado, pero prefirió meter "violín en bolsa". "Ya me va a tocar a mí", tal vez pensó, en ese juego maquiavélico que se le permite a la política y que ya funciona como un código cuasi mafioso. Al que nos hemos, lamentablemente, acostumbrado. Se dijo que no ir a votar favorece "a los aparatos". Normalmente se identifica así a los oficialismos, que supuestamente por ser gobierno, tienen el manejo de las cajas, y así financian la concurrencia de quienes saben los "tienen" que votar inexorablemente. Por convicción, por conveniencia o por la amenaza de que se le quitará algún beneficio. Por eso, tal vez, es que se hizo silencio, o hubo una queja tibia, como aquel "maula, que ante el insulto callaste", al que le cantaba Tita Merello.

El voto es la única herramienta de aquel que quiere otra cosa para su país. Que se quiere desembarrar de esas malas prácticas, que imitan los tiempos del fraude electoral. Ya perimidos, ya superados desde 1912 en adelante (año de la Ley Sáenz Peña), pero que renacen al compás es una música de mala orquesta, que nos viene haciendo bailar con el paso cambiado desde hace tiempo.

El voto es la única herramienta de aquel que quiere otra cosa para su país. Que se quiere desembarrar de esas malas prácticas, que imitan los tiempos del fraude electoral. 

"No se puede vivir a polenta, fideo y arroz"

El Arzobispo de Buenos Aires, García Cuerva, acaba de decir en la misa de San Cayetano, en el día del Patrono del pan y del trabajo, que los fieles le pidan por más y mejor pan a San Cayetano. "Aunque muchos tienen trabajo, no alcanza. Los alimentos, como todo, aumentan, y como decía mi abuelo: ‘No hay bolsillo que alcance’. Y le pedimos a San Cayetano, mejor pan, porque tampoco nos podemos resignar a que nuestros chicos y familias más pobres vivan a polenta, fideos y arroz". También debió decirles que la última oportunidad que tienen es la de ir a votar. La realidad de la pobreza es insultante, y lo que está agobiando es su persistencia en el tiempo.

Quienes recorren habitualmente los lugares por donde abundan la pobreza y la indigencia, advierten de ese cansancio en aquel que no come todos los días, ni él ni sus hijos, no tiene trabajo o no los puede mandar a la escuela. Ya estaría dándose cuenta que con su voto puede empezar a cambiar su condición de vida. 

Y aquél que no la pasa tan mal, debe contribuir también con su presencia en el acto eleccionario. Porque aun estando bien, no podrá detener la emigración de sus hijos hacia mejores destinos, al tener la posibilidad económica de hacerlo.

Ir a votar debe ser la consigna que enarbolemos este domingo.

 

Por Orlando Navarro
Periodista