
o renovación, de los principios que cimientan la cultura criolla cuyana.
Se ha expresado que el folclore registra aquellos "ecos simpáticos”, forjados por el pueblo. Estas fisonomías populares son los pilares donde se asientan nuestras tradiciones, término muy amplio y profundo, pero que en definitiva incluyen la sabiduría, los hábitos y todas las producciones tangibles e intangibles ideadas por el pueblo. En este sentido la producción artística de Buenaventura Luna (el 29 del corriente mes se cumplen 68 años de su fallecimiento), es una de las más proliferas y acabadas en el amplio horizonte de las realizaciones folclóricas. Imbuirse de la obra de Dojorti, autentico arquitecto del genio poético-musical, significa una permanente alimentación o renovación, de los principios fundamentales que cimientan la cultura criolla cuyana.
Desde sus inicios públicos como canta-autor, en aquellas célebres emisiones radiofónicas como "V Doble Zafarrancho Vocal”, o el "Fogón de los Arrieros”, con la Tropilla de Huachi Pampa, entre otras más, don Buenaventura Luna marcó toda una época, inspirándose en el espíritu de nuestros hombres de campo. Varias de sus creaciones fueron producidas -típico de las genialidades- en cualquier parte, porque Dojorti prodigaba sus versos impulsivamente, a veces en bohemias noches de parranda, desparramado arte entre sus queridos amigos.
Como autentico cuyano comprendió el ser de sus contemporáneos, al cual lo rastreó no sólo en sus propias vivencias y entorno social, sino también en antiguas crónicas históricas y en los relatos aportados por la tradición oral. De esta manera registró la auténtica dimensión de la figura del sanjuanino, de aquellos paisanos que constituyeron con sus quehaceres e idiosincrasia el legítimo ser del espíritu cuyano. Su poesía y cancionero se visten de todo el laberinto antropológico criollo, como lo son los paisajes y sus cosas- que tienen que ver con la respiración del mundo- con todas las formas culturales creadas por nuestros paisanos; esto es la tierra preñada de siembras con sus molinos harineros, las rancias y sagradas creencias, los particulares lazos de parentesco, los proverbios y dichos, las fiestas y guitarreadas. En la cúspide de sus creaciones pone al amor, como el principal amparo del hombre, y es aquí donde fluye la imagen de la mujer que alcanza un estado angelical y tierno, sublimándola con atributos que tienen que ver con el universo de lo etéreo. En todo este andamiaje poético-musical, va señalando y ornamentando las propiedades mágicas del espectro criollo local.
