
Alguna vez leí que las nuevas tecnologías son a la educación y a muchas otras instituciones sociales, como la turbina a la carroza.
Imaginemos en la época en que la única forma que tenía la gente de trasladarse largas distancias era transportándose en carruajes tirados por equinos. Por esa razón los viajes eran lentos y solían durar varios días. Había que detenerse en postas para que los caballos pudieran tomar agua, alimentarse y descansar. A veces en travesías de varios días tenían cada tanto que cambiar a todos los animales para poder soportar el largo viaje.
Imagínese que un ingeniero, adelantándose a su tiempo, hubiera inventado una turbina como las que se usan hoy en día para la propulsión de aviones. Todos recibirían el invento con gran entusiasmo y alegría. Imaginando que, colocadas en sus carros, sus caballos ya no tendrían que hacer tanto esfuerzo, se cansarían menos, podrían hacer viajes más rápidos, con menos necesidades de detenerse en postas para descansar y muchos otros beneficios más.
Claro está, al tratar de implementar el descubrimiento verían que sus caballos junto con sus carruajes volaban por los aires y los mismos quedaban totalmente destruidos.
Frente a este acontecimiento todo el mundo (más preocupado por los carruajes que por mejorar la forma de viajar), correrían a decirle al ingeniero que, por favor, disminuyera la potencia de su invento al mínimo posible para que la turbina no destruyera sus carretas.
Algo parecido pasa quizás con la educación y con muchas otras actividades del ser humano. El progreso tecnológico, fruto de la imaginación y creatividad humana y causa indudable de progreso, ha cambiado paradigmas y acelerado las cosas de tal modo, que no hemos tenido tiempo de darnos cuenta de su verdadera significación y poder transformador. Le echamos la culpa muchas veces a la tecnología en lugar de reconocer la incapacidad para mejorar nuestras instituciones, adaptarlas a los tiempos y poner los avances que ofrece la ciencia al servicio de lo humano.
Podemos ignorarlo, minimizar su efecto y aún resistir para que todo siga siendo lo más parecido a como ha sido hasta hora, o podemos intentar inventar nuevas estructuras o instituciones que sean movidos por este revolucionario invento para que la gente esté más conectada, conozca nuevas oportunidades y siga construyendo un mundo más humano, poniendo la tecnología al servicio del hombre.
No nos cabe ninguna duda, todos somos pasajeros de la carreta. Es bueno, estimado lector, que nos preguntemos ¿de qué lado estamos? De los que están preocupados porque no se rompan los carruajes o los que intentan fabricar aviones?
Por Gustavo Carlos Mangisch , Director de la Maestría en Gestión de Nuevas Tecnologías en Comunicación de la UCCuyo.
