"Pídele al tiempo que vuelva", es el título de una hermosa película estrenada en 1980. Pero es sólo eso, un título, una quimera, porque el tiempo no vuelve. Aunque en realidad lo que se pide que vuelva es el pasado. Una utopía de las almas nostálgicas que añoran lo que fue. Siempre he pensado que vivir pendiente del espejo retrovisor deja al descubierto una cierta insatisfacción con el presente y algo de desesperanza hacia el mañana. Nada de ello nos llevará a buen puerto. Evadidos del hoy y escépticos sobre el futuro, no parecieran ser aliados de la vida feliz y plenamente humana a la que aspiramos. Como dice un conocido proverbio: "Echar de menos el pasado es igual de útil que correr detrás del viento".

EL PASADO HOY NO ES

En realidad, el pasado no puede volver, porque simplemente es algo que ya no existe. El pasado hoy no es. El tiempo, como magnitud física, es un gran separador de hechos y ordenador de acontecimientos, dando lugar así al pasado, al presente y al futuro. Y si bien el pasado ontológicamente ya no "es", pervive como recuerdo en el alma, gracias al poder de la memoria. El tiempo no vuelve, es cierto, pero nuestra vida tampoco se reduce a una fotografía de un eterno presente, despreocupada del mañana. La vida más bien es una película que registra el presente en articulada tensión con el pasado y esperanzada mirada hacia el futuro. Ese es el dinamismo propio de nuestra vida. En ese sentido pienso que la famosa frase del poeta romano Horacio (65 aC. – 8 aC.): "Carpem diem, quam minimum credula postero" ("aprovecha el día, no confíes en el mañana") no debería entenderse como una invitación a vivir el momento sin preocuparse del mañana. El hoy tiene su encanto, pero vivido sin la perspectiva de consumación en el mañana, sería como un arquero que idolatra la flecha que apunta al piso. Sí hay arquero y flecha, hay un horizonte.

TIEMPO Y ETERNIDAD

Lo que somos es fruto de lo que fuimos, pero en clave de futuro. Es increíble que pudiendo perseguir estrellas elijamos mirar hacia atrás. Existimos en y con el tiempo, pero mirando siempre hacia adelante. Ni el tiempo vivido, ni el tiempo presente puede valorarse sin estar orientados a una trascendencia que le dé significado. Todos obramos conforme a fines que son percibidos por nuestra inteligencia como bienes. Por eso la voluntad, la reina de las potencias humanas, se lanza a buscarlos. Percibe una oferta de perfección a nuestro ser. El fin que, primero visualizamos como algo bueno, y cada cual persigue en sus sueños y concreta en sus elecciones, siempre está en el mañana. Sólo así podemos entender que el tiempo que se nos escurre entre las manos, roza sin embargo la eternidad en la plenitud de lo vivido. Y esa plenitud tiene su punto cúlmine en el mañana.

¿VOLVER A LOS DIECISIETE?

Todos alguna vez quisimos volver a tener diecisiete años, después de "vivir un siglo". Tiempos dorados donde "Sólo el amor con su ciencia nos vuelve inocentes", como tan bellamente expresara Violeta Parra en su inolvidable canción. Tal vez lo que realmente queremos es recuperar por un instante aquella mirada de resuelta inocencia para descifrar los signos de un presente que a veces se vuelve incomprensible. Después de todo, lo que somos hoy comenzó a forjarse a los diecisiete. Pero con el paso retrocedido cuando todo avanza solo aumentaremos nuestro desconcierto. Quizás tuvimos tiempos más bellos, pero este es el nuestro. Y como bien decía Charles Chaplin (1889-1977) "el tiempo es el mejor autor: siempre encuentra el final perfecto".

 

Por Miryan Andujar
Abogada, docente e investigadora
Instituto de Bioética de la UCCuyo