Enrique Shaw, empresario argentino y padre de familia, va camino a los altares. De prosperar el proceso de canonización, se convertiría en el primer empresario santo del mundo. Un ejemplo inspirador para el mundo empresario. Nunca más oportuno el testimonio de este hombre de bien, que encarnó heroicamente las virtudes que predicaba desde su fe. Quizás esa integridad moral movilizó a más de 250 de sus empleados de Rigolleau a donar sangre, cuando por un cáncer de piel su salud se deterioraba. Gesto que luego agradeció en un momento de frágil mejoría, con palabras que demostraban su visión humanista de la empresa: "Puedo decirles que ahora casi toda la sangre que corre por mis venas es sangre obrera".
Un testimonio necesario
El ejemplo de Enrique Shaw se vuelve más que inspirador en tiempos difíciles para el empresariado argentino. Tiempos que van más allá de lo económico, o de la falta de certezas y seguridad jurídica, tan necesarias para proyectar e invertir. Efectivamente, a este complejo panorama se le agrega la percepción social negativa que asocia al empresario a la ambición desmedida y a un vaciamiento ético en las decisiones y en los negocios. Años de discursos oficiales confrontativos denostando al sector han dejado sus huellas en el imaginario social.
Ciertamente que en las empresas como en otros sectores de la vida social, el relativismo moral ha calado hondo. Pero también es cierto que la permanente descalificación moral desde la tarima del poder, han ayudado y mucho a aquella percepción social negativa. Actitud incomprensible pues como bien ha dicho San Juan Pablo II: "El grado de bienestar del que goza hoy la sociedad, sería imposible sin la figura dinámica del empresario, cuya función consiste en organizar el trabajo humano y los medios de producción para dar origen a los bienes y servicios" (Discurso a los empresarios de Milán, 22/5/83).
Esta alicaída imagen social del empresario queda en evidencia en los resultados de una encuesta que realicé recientemente a alumnos universitarios de distintas carreras. Si bien la encuesta es sólo una muestra, los números son categóricos. De 438 jóvenes encuestados, el 74% considera que entre el empresario y el emprendedor, este último es quien mejor entiende y aplica los principios éticos de la responsabilidad social. Lejos, con un 26%, quedó relegada la figura del empresario.
Todo ello nos deja ante un importante punto de inflexión. El empresario no es un enemigo a vencer, sino un aliado a acompañar en la medida en que asuma la responsabilidad moral que le corresponde en la construcción de una sociedad más fraterna.
En ese sentido, la empresa cumple una función social que es profundamente ética: la de contribuir al progreso personal que permite crear condiciones de vida más humanas. Desde esta perspectiva ética se entiende que la empresa deba ser soporte de valores universales, tanto para aquellos que trabajan en ella como para el contexto social en el cual están insertas.
Claro que, ante maniobras desleales y faltas de ética y responsabilidad social, el empresario, como todo ciudadano, debe rendir cuentas. Su tarea bien puede ser comparada con la figura de aquel administrador del Evangelio de San Lucas (Lc. 16,2) a quien el señor le exige cuentas de su trabajo. En ese sentido se expresó Juan Pablo II en un discurso a los empresarios argentinos (Bs. As. 11/4/87).
Apostar por la ética es rentable
Por extraña que parezca la frase, lo cierto es que hay razones que abonan la tesis de la rentabilidad de la ética en las empresas. La mayor conciencia de eticidad se apoya en el costo económico y de imagen por comportamientos contrarios a la ética. A ello debemos sumarles la evolución del mercado como generador de nuevos interrogantes éticos; los grandes escándalos corporativos debido a graves faltas de ética; la aceleración del progreso técnico que presenta nuevos dilemas morales, la mayor conciencia ecológica y los nuevos paradigmas de la ética de la responsabilidad que justifican el interés por los planteos éticos en las empresas. De esa manera, la ética se convierte en un instrumento de gestión que, cimentado en principios y valores genera confianza en el interior de la empresa y en el mercado. En ese sentido, además de rentable, la ética es valiosa.
Por Miryan Andújar
Abogada, docente e investigadora
Instituto de Bioética de la UCCuyo
