El papa emérito Benedicto XVI, en su primera Carta Encíclica, "Deus caritas est" (Dios es Amor), con la profundidad teológica que lo caracteriza, enseña que: "No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o por una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva". El encuentro al cual se refiere Benedicto XVI, es al encuentro con la Persona de Jesús.

Hoy vivimos una época en la que "la imagen" lo es todo, o casi todo, incluso hay personas que se dedican profesionalmente al asesoramiento en materia de imagen, sea de otras personas o de empresas. Dada esta realidad y, a sabiendas de que Jesús "se hizo carne" (Jn. 1, 9), afirmamos que Jesús fue auténticamente hombre. Esto es, sentía hambre y sed, comía y bebía, caminaba, sentía el frío y el calor, se cansaba, se enojaba, reía, dormía, etc. En definitiva, una persona de carne y hueso. 

Ante esto es válida la cuestión: 

 

  • ¿Cuál era su aspecto exterior?

Esta pregunta anduvo dando vueltas por los primeros siglos de vida de la Iglesia, es natural que así fuera, en primer lugar, porque los evangelios no nos aportan dato alguno sobre la apariencia física del Hijo de Dios y, en segundo lugar, porque no existen retratos, pinturas o esculturas de Jesús realizadas por quienes fueron testigos de su andar por este mundo. Esto último tiene su razón de ser en que, en la Palestina de los tiempos de Jesús, todo ello estaba absolutamente prohibido, especialmente en el ambiente judío, lo cual hubiera sido condenado como "idolatría". 

Será recién a fines del siglo I d.C. donde comenzarán a aparecer símbolos que representaban a Jesús dibujados en las catacumbas de Roma. En ellos no habrá un verdadero retrato, sino como se dijo, un símbolo, por ejemplo, un pastor adolescente con una ovejita sobre sus hombros, vestido como romano, esa imagen puede verse en la cruz pectoral del Papa Francisco. Siglos más tarde, serán los orientales quienes nos ofrecerán la imagen de un Cristo bizantino, la que se extenderá por todo el mundo: es el rostro de un hombre maduro, de nariz prominente, ojos profundos, pelo largo y barba corta y rizada.

Si bien los evangelios no describen el aspecto físico de Jesús, si se detienen -sin abundar en detalles- en "su mirada", de dulzura, de enojo, de compasión, de amistad. Sin dudas sus ojos eran muy expresivos para que los evangelistas se repararan en ellos. 

En cuanto a "su modo de hablar", sus palabras eran claras y transparentes, como lo describe José Luis Martín Descalzo: "No hay en su pensamiento inquietudes filosóficas o metafísicas. Jesús jamás hace teorías, jamás habla como un teólogo o como un filósofo. Sus palabras son un puro camino que va desde los hechos hacia la acción. Sus pensamientos no quieren investigar, explicar, razonar: se limita a anunciar el amor de Dios y la llegada de su reino". Sus palabras son bien claras: "Reconcíliate con tu hermano" (Mt. 5, 24); "Amen a sus enemigos" (Mt. 5, 43); "cuando ores, retírate a tu habitación, cierra la puerta y ora a tu Padre que está en lo secreto; y tu Padre que ve en lo secreto, te recompensará en público" (Mt. 6, 6). En otras oportunidades utiliza "parábolas", esto es, una especie de narraciones que, tomando elementos cotidianos y conocidos por todos sus oyentes, por ejemplo, la viña, el trigo y la cizaña, un samaritano, una boda, un padre y sus hijos, etc.; pretenden dejar traslucir otro mensaje más profundo, pero que sin dudas todos pueden comprender.

Así podemos afirmar que en el caso de Jesucristo no resulta aplicable el dicho popular según el cual "una imagen vale más que mil palabras", pues en Jesús nos encontramos que la persona y el mensaje son la misma cosa. Lo que importa es su Palabra: "ámense los unos a los otros" (Jn. 13, 34).

 

  • La voz del Maestro

A "su voz", se la describe como firme y severa cuando reprocha, irónica cuando discute con los fariseos, tierna cuando se dirige a las mujeres, triste y angustiada cuando se aproxima el momento de su muerte. San Pablo, en la Carta a los Filipenses 2, 7 escribe: "Era como cualquier hombre y también en sus gestos". Existen datos relativos a "la vestimenta" de Jesús, la cual podría calificarse como la normal de la época, una túnica (Mt. 10, 9), un manto de una sola pieza, tejido de abajo hacia arriba (Jn. 19, 23) y en sus largas caminatas, seguramente se protegía del abrasador sol palestino con un sudario, el cual sería encontrado en la tumba por Pedro después de la resurrección (Jn. 20, 7).

 

Por Juan Manuel García Castrillón
Abogado