
He podido ver en la televisión una publicidad de un suplemento dietario multivitamínico, la cual proponía, en primer lugar, la posibilidad de optar por realizar diversas actividades cotidianas. Entre cada una de ellas establecía la disyunción "o”, en el sentido de "haz esto o haz aquello”, para concluir, en última instancia, con una afirmación que llamó a mi atención y me condujo a pensar en ella y en la repercusión que puede tener sobre nosotros: "elegí todo” (claro argentinismo de la expresión "elige todo”).
Vivimos en el siglo XXI y una de las mayores ansias de la humanidad en nuestra época es "la libertad”. Queremos ser libres. La libertad no es la falta de límites, sino que tiene más bien que ver con la posibilidad de elegir y construir una vida digna que permita alcanzar una felicidad auténtica.
Contra nuestra legítima aspiración conspiran una serie de dinámicas, a las que podríamos llamar "tiranas”, que nos hacen caer en la trampa de promesas imposibles. Vamos cayendo en esos engaños que nos encarcelan y sólo podemos liberarnos en la medida en que tomamos consciencia de la ambigüedad en que nos sumergen e intentamos combatirlas
Regresando al "elige todo” de la publicidad, es un ardid que nos impide la felicidad. Pues como ya dijimos, la libertad que nos permite alcanzar la felicidad, está sujeta a límites de todo tipo, personales, institucionales, morales y éticos y, también, la finitud de nuestra existencia. Otro límite es "la inexorable necesidad de elegir”.
El "elige todo” nos anima a quererlo todo, pedirlo todo, tenerlo todo, nos pretende seducir con un canto vacío. Nuestra vida es una, y por eso, en muchas oportunidades, nos tocará elegir por un camino y no por otros. Y al caminar por lo elegido, dejaremos atrás otras posibilidades, lo que habría podido ser de otra manera. Aceptar este límite consistente en que no es fácticamente posible "elegir todo”, nos liberará de nostalgias inútiles que nos aprisionan y nos impiden ser felices.
LA GRATITUD
Ahora bien, detener este escrito en este momento nos dejaría a mitad de camino. ¿Es posible ser felices sin tenerlo todo? Creo que la respuesta es sí. En nuestras historias hay imágenes de la alegría verdadera, figuras que señalan a algo distinto que hay detrás de ellas. Sería interesante aprender a mirar esas figuras.
Una de ellas es "la gratitud”. Están los que siempre ven el vaso medio lleno y los que siempre lo ven medio vacío. En diversas circunstancias nos descubrimos demasiado pendientes de lo que nos falta, de lo que salió mal, de lo imperfecto o lo incompleto. Asumimos como natural lo que sí tenemos. Pareciera que estamos más preparados para la queja que para la gratitud. Más dispuestos a la protesta, a la objeción, a la negación, a ver siempre los problemas.
Es imprescindible aprender a mirar nuestra historia con lo que hay de bueno en ella. Saber gozar de las pequeñas cosas que marcan nuestra cotidianeidad. Decir "gracias” con habitualidad, no desde una convención social, sino conscientes de cuánto recibimos. Gracias por el alimento de cada día, por el techo, por la educación, por las alegrías y bienestar que podemos darnos.
Podemos así advertir cuán a menudo nos olvidamos de los tantos motivos que tenemos para la alegría, dejando que se obscurezcan por esas otras causas de pena y disgusto. Mirando nuestras vidas desde la óptica de la gratitud podremos descubrir cuánto de bueno y hermoso tiene que, si fuéramos verdaderamente conscientes de ello, no nos alterarían tanto esas pequeñas insatisfacciones que también forman parte de lo cotidiano.
Como ya dijimos, es humano aspirar a la felicidad, pero, para quienes somos cristianos hemos de cuestionarnos desde la fe ¿en qué felicidad creemos?
El centro de la revelación es uno: Jesús, Dios hecho hombre que nos muestra la forma más humana de vivir. Vida, muerte y resurrección es el corazón de nuestra fe y el motivo más hondo de nuestra alegría. La imagen de un Dios Padre misericordioso puede ir generando en nosotros un tipo de felicidad diferente, llamémosla "bienaventurada”.
En el evangelio, todos los cristianos estamos llamados a vivir esa felicidad bienaventurada. Felicidad que va a contracorriente de lo que ofrece el mundo, ese "elige todo”. La aceptación de la propia realidad, humana y limitada, débil, herida y sanada, esto nos hace felices y bienaventurados. Sin necesidad de pretender quererlo o tenerlo todo.
Por Juan Manuel García Castrillón
Abogado
