La peor desgracia es invertir en armas porque, tarde o temprano, se van a utilizar para perderlo todo.

El mundo requiere de otros tipos de actitudes más respetuosos con la vida y el itinerario de las gentes. ¡Cómo no tomar nuevos hábitos y distinta concepción en favor de un espíritu conciliador, a fin de trazar caminos más templados y un futuro esperanzador para las generaciones actuales y futuras! El dejar hacer sin más, con desconocimiento y menosprecio a los derechos humanos, han originado actos de salvajismo injuriosos para la conciencia de la humanidad. Desde luego, tenemos que volver al espíritu coherente del buen decir y mejor obrar, que es el que verdaderamente nos transforma por dentro y por fuera, despojándonos de nuestras propias miserias humanas y haciéndonos personas cívicas, deseosas de diálogo sincero e intercambio de pensamientos; lo que nos exige ser tolerantes y solidarios, personas de palabra y ciudadanos de bien, a pesar de la persistente incertidumbre que nos acorrala. 

Ciertamente, cada día son más las personas que exponen sus existencias en busca de otra mejor. En este sentido, con demasiada frecuencia, tanto la Agencia de la ONU como la Organización Internacional para las Migraciones, llaman a aumentar el apoyo y la inversión en comunidades de acogida, para reforzar los servicios que benefician tanto a las personas refugiadas y migrantes como a la población local. Evidentemente, cabe insistir que la peor desgracia es invertir en armas porque, tarde o temprano, se van a utilizar para perderlo todo.

Es vital entenderse para crecerse y recrearse en ese bienestar que añoramos, pero que no todos laboramos, en parte por el estado de confusión que nos gobierna. Para empezar, la política de enfrentamientos tiene que desaparecer por completo de la faz de la tierra. Precisamente, en esa cultura viva que implica comprenderse, y que hoy el mundo necesita como jamás, se requieren líderes que tiendan puentes y no los echen por tierra. 

En cualquier caso, frente a esta crecida de barbaridades, nuestra misión debe ser clara y contundente, poniéndonos en el lugar del otro, especialmente de las personas vulnerables, pues en el fondo hemos de ser creadores de vínculos, sin importarnos distancias o situaciones. En ese cielo de palabras todos contribuimos a la mística, a la salvaguardia de la concordia con la bondad y al desamparo de los males de la sociedad, promoviendo una conversión sensible que nos active el espíritu de la ilusión y nos mueva a caminar reintegrándonos en los demás, también en los latidos perdidos o degenerados. Con nuestra vivencia comprensiva, seguro que se suman al retorno de una recta cognición. Así, lo grave no será que los efectos económicos de la guerra de Ucrania agraven la ralentización de la economía mundial y debiliten la recuperación que se esperaba en la postpandemia, sino que continuemos sin aprender a contribuir a la construcción de una sociedad más justa, más humana y más fraterna; en parte, por esa falta de sólidas leyes morales en nuestros propios pasos.