En aquel tiempo, como algunos, hablando del Templo, decían que estaba adornado con hermosas piedras y ofrendas votivas, Jesús dijo: "De todo lo que contempláis, un día no quedará piedra sobre piedra: todo será destruido". Ellos le preguntaron: "Maestro, ¿cuándo tendrá lugar esto, y cuál será la señal de que va a suceder?". Jesús respondió: "Tened cuidado, no os dejéis engañar, porque muchos se presentarán en mi nombre, diciendo, "Soy yo", y también "El tiempo está cerca" No los sigáis. Cuando oigáis hablar de guerras y revoluciones no os alarméis; es necesario que esto ocurra antes, pero no llegará tan pronto el fin". Después les dijo: "Se levantará nación contra nación y reino contra reino. Habrá grandes terremotos; peste y hambre en muchas partes; se verán también fenómenos aterradores y grandes señales en el cielo. Seréis odiados por todos a causa de mi nombre. Pero ni siquiera un cabello se os caerá de la cabeza. Gracias a la constancia salvaréis vuestras vidas" (Lc 21,5-19).
El año litúrgico es un gran camino de fe que sigue las huellas de Cristo. Recorriendo estas etapas, la Iglesia quiere acompañarnos en este itinerario que se extiende en nuestro tiempo cotidiano, que abreva del pasado para dar sentido al presente e iluminar el futuro. Cada año nos encontramos en el final de esta ruta de fe; y cada año, a un paso de la solemnidad de Cristo Rey, que celebraremos el domingo próximo, se hace un balance. Hay que prestar atención: no es un balance de final sino de cumplimiento. Llegado al Templo de Jerusalén, corazón de la espiritualidad del pueblo de la promesa y símbolo de la presencia del Señor en medio de él, Jesús comienza a destruir las falsas seguridades sobre las que los fariseos, maestros, doctores, sacerdotes y fieles habían asentado sus vidas, corriendo el riesgo de perder de vista la Alianza. El espectáculo apocalíptico que nos presenta Lucas en el evangelio de hoy no se queda en la descripción somera de este cataclismo universal. No solo se habla de la destrucción de lo físico sino también de lo vital y lo humano: pestes y hambre, luchas entre los pueblos. Y, especialmente para los cristianos, divisiones hasta en la familia.
Jerusalén era una ciudad magnífica, embellecida por los siglos y por Herodes el Grande con toda clase de monumentos, anfiteatros, hipódromos, termas y palacios. Pero su obra cumbre había sido sin duda el Templo que, para granjearse el reconocimiento de los judíos, había comenzado a construir sobre el viejo de Zorobabel en el año 19 a.C. Los trabajos de detalle se prolongaron hasta el año 62 de nuestra era aunque en la época de Jesús ya era un monumento notable, que deslumbraba a los viajeros de la antigüedad, como lo reflejan en sus escritos Estrabón y Tácito. Herodes había mandado a sus arquitectos hacer una inmensa explanada o patio rodeado de pórticos compuestos de cuatro filas de columnas con capiteles corintios, recubiertos de mármoles blancos, negros y amarillos, de cuatro cuadras de largo por dos y medio de ancho, todo edificado sobre soportes o cimientos que sostenían el piso horizontal sobre la falda en pendiente de la colina. Los restos de uno de esos soportes es lo que hoy se conoce como el Muro de los lamentos, que en realidad, no pertenecía a los muros del templo. Adentro de ese espacio embaldosado con costosas lajas de piedra se levantaban los distintos atrios, todos comunicados por inmensas puertas enchapadas en oro y plata que, finalmente, conducían al templo. Este sí de mármol blanquísimo, totalmente cubierta su fachada con planchas de oro, así como estaba enchapado en oro el interior del "Santo de los Santos". Cuentan los cronistas que al acercarse los peregrinos a Jerusalén, desde las alturas por las que llegaban veían el templo, en medio de la blanca ciudad. Si había algo que parecía mentira que pudiera un día desaparecer, era esta monumental construcción sin parangón con ninguna construcción en nuestros días. Por otra parte, era el símbolo mismo del orgullo de Israel, la señal de la todopoderosa presencia de Dios en medio de su pueblo. Pensar que el Templo de Yahvé pudiera desaparecer, siendo la casa misma de Dios, era una verdadera blasfemia. El hombre no quiere que le hablen de caducidad; se instala en el instante. Vive su existir como pensando que va a durar permanentemente, o que lo que adquiere es perpetuo. Nada de lo que construye el hombre aquí abajo permanecerá. Sólo se salvará lo que hayamos dado. Todos moriremos, pero "Morir solo es morir. Morir se acaba. Morir es una hoguera fugitiva; es cruzar una puerta a la deriva y encontrar lo que tanto se buscaba". Aquel que buscamos es el que solo permanecerá porque es eterno. Ojalá lo busquemos.
Por el Pbro. Dr. José Manuel Fernández
