Tres empleados capacitados especialmente para desarrollar la tarea, 14 segundos para sacar una copia y otros 30 para esperar que la tinta seque. Unos 40 metros de rollo de papel para la máquina en cuestión y algo fundamental: la posibilidad de interrumpir el ‘revelado’ si la urgencia así lo ameritaba.
A comienzos de 1960, las primeras fotocopiadoras llegaban a San Juan para facilitar el trabajo de todos. Lejos, lejísimos de los modernos equipos que se utilizan en la actualidad, eran enormes máquinas con un sistema bastante distinto del actual.
El complejo equipo estaba compuesto por un chasis automático y una secadora rotativa, con el novodeso sistema de reflexión. Es decir, se copiaba directamente del libro, sin la necesidad de usar negativos.
Uno de los primeros organismos de la provincia en contar con este llamativo sistema fue el Registro Civil. El montaje de lo que por entonces se consideraba un verdadero laboratorio, era motivo de interminables charlas entre los trabajadores que, en algunos casos, no sabían si estarían a la altura de las circunstancias. La expectativa era enorme.
Se trataba de una máquina que tenía como principal objetivo optimizar las tareas. Es que hasta ese momento, cualquier documento, acta o informe se escribía a mano, una y otra vez. La cantidad de veces que fuese necesario, casi hasta el hartazgo. Por esto, tanto para los empleados de la repartición como para el público en general, se trataba de una manera ideal para optimizar tiempos.
Según decían los informes de la época, mediante la utilización de la fotocopiadora, la producción diaria era equivalente a la de veinte empleados que lo hacían de manera manual y que gracias a esto, podían desarrollar otro tipo de actividades.
Con el correr de los meses, estas máquinas comenzaron a instalarse en diferentes lugares de San Juan, facilitando las labores diarias de todos.

