Las situaciones no debemos, ni tampoco podemos como seres pensantes con capacidad de discernimiento, empeorarlas. Hemos de entrar en razón, comenzando por el cultivo de un corazón abierto para poder incorporarse al don de la clemencia, que es lo que verdaderamente nos hace humanos; pues, tan vital como crecer hacia sí, es volcarse en la misión de consolar a los que caminan a nuestro lado. Lo prioritario es salir de nuestro aislamiento, dejarnos acompañar, reflexionar conjuntamente sin acudir a los abecedarios violentos, activar nuestro sentido de la verdad y del bien, para confluir en un espíritu de entendimiento mutuo. Donde cohabiten tropas, pongamos diálogo sincero. Cualquier escalada de bombardeos nos hace retroceder a fuegos ya sufridos. Dejemos, por consiguiente, la necedad de autodestruirnos. Propiciemos otras atmósferas más sabias y armónicas, que cultiven espacios de concordia, universalizando el oírse. Nos toca, como generación avanzada en el campo de las tecnologías, desterrar y destronar de nuestra pantalla visual, aquello que nos divide con afán irracional e irresponsable. El derecho internacional humanitario y las normas de derechos humanos están ahí, para cumplirlas. Tengámoslo en cuenta siempre, antes de que la noche nos alcance y no vuelva el amanecer, que es lo que nos hace recomenzar. 

Puentes de diálogo

Indudablemente, hemos de ganar confianza en nosotros; tender puentes de diálogo para salir de este clima de hostilidades e inseguridades. Centremos el esfuerzo en la mano tendida y en el abrazo permanente. Esta es la solución. Quizás tengamos que volver a redescubrirnos de nuevo como sociedad, poniendo en valor la existencia de la moral, para dignificarnos y engrandecernos como ciudadanos del mundo. Los actores relevantes son los primeros que han de realizar la tarea de reconducirnos, a través del raciocinio de sus andares éticos, de donación y entrega, que siempre ha de ser la mejor autodefensa del linaje. Sin duda, estamos llamados a ser ese poema perfecto, anidado y anudado en pulsos diversos, para tomar el aliento de lo perenne, sin discriminación alguna. El discernimiento es esencial para este ascenso poético, que además nos hará libres, despojados de toda actitud de ensimismamiento, de desinterés e incluso de desequilibrio que, a veces, se encuentran en nuestras propias vías de autocomplacencia. El sosiego llegará a nosotros en la medida que impulsemos la luz de la razón con nuestro latir auténtico. Esto será la mejor verdad, aquella que nos tranquiliza e ilumina. 

Evidentemente, será bueno dejar que hable nuestro interior para poder salir de este desorden que nos ahoga persistentemente en mil conflictos absurdos. Por sí mismo, el ser humano es sociable por naturaleza, pero también insociable por perversión. Un buen mediador, desde luego, es la cognición, como justificante de nuestros actos. Esto es lo que nos distingue de los animales. Que la mente siempre tenga cordura es un buen proyecto, pero hay que saber discernir lo justo; puesto que la apetencia y el ensueño, pueden hacernos errar en la sintonía viviente. Recordemos la lección. 

Esclavitudes y contiendas inútiles

No podemos continuar bajo este desorden de inhumanidades, esclavitudes y contiendas inútiles. Lo sensato y razonable es que podamos hacer desaparecer este espíritu ramplón y meternos en otros horizontes, alejados de los hábitos corruptos y de los deseos perversos. Como fuere, tenemos que mejorar nuestra propia orientación existencial. Están bien los deseos, sobre todo si nos sirven para sumar fuerzas, para unirnos y reunirnos en familia, pero han de obedecer a los vientos de la moderación y del raciocinio, que es lo que realmente nos hace regresar a la senda de la negociación, para resolver cualquier crisis de las muchas que nos acorralan, que están poniendo a prueba la sensatez y todos sus resortes internacionales. De ahí, lo trascendente que es tomar juicio que nos aglutinen para eclipsar todas estas angustias que nos están dejando sin respiración. Ahogados, en nuestras propias miserias, debemos tener la fuerza necesaria del compromiso reconciliador para batallar menos y armonizar más, mediante el ánimo de la entrega, favoreciendo la buena disposición a la concordia.

 

Por Víctor Corcoba Herrero
Escritor