Resulta evidente, inclusive para no católicos, que el Vaticano aspira a cumplir un propósito en el concierto internacional, más allá de su misión religiosa y administrativa de la Iglesia. Asume que sus valoraciones y acciones son tenidas en cuenta por millones de personas en el mundo, gobiernos y medios de comunicación. Tal predicamento posibilitó un papel mediador en diversos conflictos, conciliando en situaciones en trance de tensión creciente. A fin de preservar esta posición, sustentada en un acceso a todos los líderes, sistemas y regímenes del mundo, ha sido especialmente moderado en sus procederes.
Los sucesivos papas han llevado adelante objetivos ambiciosos e inclusive arriesgados, recuérdese a Juan Pablo II ante el comunismo, pero siempre calibrando cada palabra y gesto.
Recientemente, el papa Francisco se manifestó de una manera poco frecuente en el papado, e inclusive en él. Calificó al régimen nicaragüense sandinista, comandado por el autócrata Daniel Ortega, "como dictadura comunista de 1917 o la hitleriana del 35", además de retratarla como "una dictadura grosera". El Pontífice ratificó su postura consignando que "con mucho respeto, no me queda otra que pensar en un desequilibrio de la persona que dirige" (a Nicaragua).
La respuesta del dictador tuvo la estatura que se estaría correspondiendo con lo que el Papa aludía en esta última referencia. Ortega, entre otras muestras de descontento, se preguntó "¿Quién es el Papa? ¿Cuántos votos consigue el Papa entre el pueblo cristiano?".
Tal vez sería poco probable que alguien de su entorno se animase a informarle que las coordenadas de un sistema electoral son en todo diferentes de las de una religión. Finalmente, decidió romper relaciones diplomáticas con el Vaticano. Pero más allá de todas estas vicisitudes, se debe tener en consideración que las manifestaciones del papa Francisco no se corresponderían con un descuido ni imprudencia. Debe más bien inscribirse en el contexto de las actitudes y expresiones tradicionales del Vaticano.
Una lectura pormenorizada induce a pensar que se trata de una advertencia sobre un peligro que se está fraguando en el subsuelo de los intereses internacionales.
Si bien Ortega desde hace tiempo ha acechado en cada frente al catolicismo, con sacerdotes presos, perseguidos y expresiones muy descalificantes para con la Iglesia, subyace un tema que transfiguraría el horizonte de la región.
Desde 2021 Ortega proclama su intención de poseer un arma atómica, "para que nos respeten" expresa. Ha avanzado en acuerdos sobre Energía Atómica con Rusia y con Irán, hechos ampliamente difundidos.
No se debe dejar de considerar que una bomba atómica no es un arma defensiva sino ofensiva, de ataque para destrucción masiva de vidas. Se incitaría así a países de la región a una carrera armamentística, que aunque no se produjese una conflagración, traería más pobreza y miseria aún, debido a las onerosas inversiones. El Papa estaría induciendo al mundo a poner foco en esta concreta amenaza.
