La nacionalidad de Cristóbal Colón, nacido en Génova, y la influencia del hispanismo como factor cultural de la época, hicieron que los festejos por el descubrimiento de América se iniciaran en 1892 y se mantuvieran por décadas como "Día de la Raza" hasta 1916, para luego conmemorarlo en el calendario oficial como "Día de la Hispanidad", decretado por el gobierno de Hipólito Yrigoyen. Finalmente, el decreto 1584, de 2010 lo denominó "Día del Respeto a la Diversidad Cultural", hasta ahora.

Esta sucesión de denominaciones y replanteos, como lo señala el Plan Nacional Contra la Discriminación, es para que la fecha sea de reflexión histórica y diálogo intercultural, eliminando la festividad y nunca hablar de "la conquista" de América. El replanteo señala que el proceso del acontecimiento sólo destacó la cultura europea, por lo que se debía dar valoración a la variedad de culturas que los pueblos indígenas y afrodescendientes aportan a la identidad nacional.

En este enfoque político la división de la humanidad en "razas" carece de validez porque a su entender tal categoría constituye una concepción político-social errónea y peyorativa, por lo tanto su utilización implica reivindicaciones racistas. Es que la izquierda dogmática tomó el discurso indigenista asociando el poder de los conquistadores como referencia simbólica del poder económico actual, tal como lo expresó Hugo Chávez al calificar de "genocida" a Colón, cuando pidió remover su estatua de Buenos Aires, donada por la colectividad italiana.

El descubrimiento de América ha sido una polémica histórica desde que en el último siglo se estudiaron los efectos de las identidades culturales. Incluso como un fenómeno de oposición a otras identidades al acentuar las diferencias en cuanto a normas comunes de distintos grupos y culturas, acentuando el papel de los pueblos originarios en este conglomerado de posiciones donde ha prevalecido el papel de la inmigración incluyendo al activo rol del catolicismo en nuestro continente.

Los últimos desplazamientos humanos en el mundo, con miles de refugiados acogidos en Europa en su mayoría, han iniciado una nueva vida plantando sus creencias y costumbres con mayor fuerza a la observada en América. La mayoría de los migrantes es musulmana con una fe radicalizada y costumbres difíciles de asimilarse en el mundo occidental, y lo manifiesta a partir de la vestimenta y los reclamos para hacer lugar a su estilo de vida.

Los inmigrantes islámicos no logran adaptarse en ninguno de los 28 estados europeos, creando un problema preocupante a las sociedades tradicionales y ya son vistos como una amenaza por un antagonismo que no acepta la convivencia armónica. Es la radicalización del avance cultural defendido por la izquierda absolutista.