La pregunta es relevante en un contexto de alta inflación y consecuente volatilidad cambiaria como el que todavía padece la Argentina. Convengamos que con una macroeconomía estable, donde los ajustes cambiarios para arriba o para abajo no son traumáticos para el sistema de precios relativos, lo relevante no es la traducción del precio en dólares a moneda doméstica (el intercambio petrolero internacional está dominado por el dólar), sino la variación en sí del precio del barril de crudo en el mercado internacional.

 

 

La suba del precio del petróleo en economías importadoras produce un shock en la oferta agregada con consecuencias más o menos recesivas e inflacionarias. A su vez, los países exportadores, muy dependientes de los ingresos petroleros, experimentan marcados ciclos de expansión y contracción con las subas y bajas de la cotización.

El petróleo todavía sigue siendo el recurso primario que cierra el balance energético mundial. Por tanto, si sube el precio del petróleo tiende a subir el precio del conjunto de componentes de la canasta energética, y si baja, el paquete energético, en general, también se abarata.

Los países que están en condiciones de autoabastecerse y exportar saldos como el caso argentino, dependen de inversiones que son muy sensibles a las señales de precios, dado los costos relativamente altos de nuestros yacimientos. La característica económica básica del negocio petrolero y gasífero es calcular el valor de las reservas que razonablemente se espera encontrar, y compararlo con el riesgo y con el costo de explorarlas, de desarrollarlas, de producirlas y de comercializarlas.

¿Con qué precio evalúo el proyecto? Si se trata de bienes transables internacionalmente como el petróleo, la guía son las paridades de importación o exportación según el mercado sea excedente o no.

El gas natural no tiene todavía referencia de precios internacionales. Cuando no alcanza para abastecer la demanda, la referencia de precio la da el precio del gas importado o la del sustituto combustible que reemplaza su abastecimiento (fueloil/gasoil).

Si hay abundancia y compiten las distintas cuencas por el abastecimiento, el precio lo va a fijar la cuenca con mayores costos que sea necesaria para satisfacer la demanda. Puede haber precios diferentes en verano y en invierno por los volúmenes adicionales que requieren algunos consumos estacionales. La generación de electrones es menos transable, salvo que existan interconexiones regionales de los sistemas eléctricos.

Pero los equipos involucrados en la generación tienen componentes que se importan en dólares y, en gran parte, usan combustibles que tienen precios de gas o derivados petroleros que, según hemos visto, también se guían por referencias internacionales. Por sus costos de capital o por sus costos operativos, los electrones también tienen precios que se traducen a dólares. Ahora bien, si las condiciones macro abaratan el dólar, toda esta canasta energética se abarata (con indiferencia de las variaciones del precio internacional o de sus costos). Contrario es si el dólar se revalúa, se encarece.

El drama argentino es que la desmesura populista que vivimos abarató el dólar (con controles e inflación) y fijó precios políticos para la energía. Sumó populismo cambiario y populismo energético.

La fuerte devaluación del peso abre un proceso de reacomodamiento en la agenda de precios energéticos, pero hay que ratificar el rumbo: los precios de la energía tienen que reflejar sus costos económicos para motorizar las ingentes inversiones que requiere nuestro potencial. El desarrollo del potencial nos va a devolver a escenarios de abundancia y precios competitivos (en pesos y en dólares) porque la energía se convertirá en el capítulo del desarrollo inclusivo que nos debemos.

 

Por Daniel Montamat
Exsecretario de Energía y extitular de YPF.