Educar para el amor implica enseñar a amar, brindando las
herramientas y los valores necesarios para la formación plena
y total de la persona.

 

En artículos anteriores señalamos que el desarrollo integral de los hijos es el gran anhelo que se proponen los padres como primeros y principales educadores. Ellos tienen la tarea esencial e indelegable de educar. Debido al estrecho vínculo que los une con sus hijos, ellos aportan su presencia continua y tienen la motivación suficiente para ofrecer lo mejor a sus hijos como modelos de vida. Son los que oportunamente descubren las debilidades y las fortalezas de sus hijos, a fin de "e-ducare" (formar, instruir, guiar, orientar, criar) y "e-ducere" (extraer, hacer salir, dar a luz). Uno y otro significado apuntan en la misma dirección: "educar" es comunicar conocimientos y transmitir valores; pero también es sacar lo mejor que hay dentro de la persona, irla "puliendo" para hacerla más perfecta. De esta manera, no sólo dan la vida biológica a sus hijos, sino que se convierten en verdaderos formadores de su personalidad, como un segundo "útero espiritual" donde el niño empieza su camino perfectivo hacia la felicidad.

Ciertamente, las instituciones educativas pueden y deben colaborar con los padres en la tarea de educar a través de los medios pedagógicos que tienen a su disposición, siempre en sintonía con los ideales y los valores de aquellos, de manera complementaria y subsidiaria.

La educación integral de la sexualidad implica mucho más que la mera transmisión de saberes, sino que brinda a los niños y adolescentes los conocimientos, competencias y habilidades que necesitan para adquirir las aptitudes esenciales para la vida, así como desarrollar actitudes y comportamientos positivos y saludables sobre la sexualidad y la afectividad. En una palabra, consiste en enseñar a amar, brindando las herramientas y los valores necesarios para la formación plena y total de la persona. 

Como la sexualidad humana es un fenómeno pluridimensional que comprende múltiples aspectos biológicos, psicológicos, afectivos, sociales, conductuales, culturales, éticos, morales y religiosos, su educación cubre una amplia gama de facetas a fin de abarcar todas las dimensiones de la persona.

La educación integral de la sexualidad brinda la información, las herramientas y la motivación necesaria para tomar decisiones saludables sobre la sexualidad y la afectividad. Por lo tanto, es mucho más que simplemente transmitir conocimientos biológicos sobre el cuerpo y el sexo. Una educación integral considera a la sexualidad en su acepción amplia, no reducida a la dimensión puramente biológica o genitalidad, sino en cuanto abarca a las distintas dimensiones de la persona, prestando particular atención a la educación de la voluntad, de las emociones y las conductas, para asegurar el desarrollo armónico de todas ellas. 

 

Por Ricardo Sánchez Recio
Orientador Familiar. Lic. en Bioquímica.