Por Miryan Andujar
Abogada y docente universitaria
Cultivo cierto gusto, por el séptimo arte, el cine. El término lo acuñó el artista italiano Ricciotto Canudo, en el Manifiesto de las siete artes (1911). Esta afición a las películas incluye diversos formatos y plataformas. Es una costumbre heredada de mi padre, un zondino que siendo muy joven, vendía verduras que le mandaban de la finca familiar para costearse la entrada semanal al cine.
En lo que va de este tórrido verano sanjuanino, llevo vistas producciones extranjeras, películas, series, miniseries, fundamentalmente, dentro del género histórico. Siempre me ha sorprendido cómo libretistas/guionistas extranjeros, a través de argumentos basados en hechos reales, o recurriendo a personajes de ficción, ubicados en un contexto determinado, revelan con orgullo sus gestas históricas. Sin falso pudor muestran las proezas que hacen a su identidad como nación, pueblo o etnia. Sin embargo, no dudan en exhibir junto a heroísmos y valores, sus debilidades y miserias. Le ponen rostro humano a sus historias y tradiciones sin ocultar el lado oscuro de sus hazañas.
La escasa presencia de hechos históricos fundantes de nuestra patria y de personajes señeros portadores de civilización, es notoria en nuestro séptimo arte. En eso, pienso que tenemos un largo camino por recorrer. Pero sería injusto caer con el peso de la responsabilidad al séptimo arte argentino, cuyos logros son meritorios y reconocidos internacionalmente.
"He de tomarme …una atrevida licencia, completar la frase de Avellaneda: "Los pueblos que olvidan o mutilan su historia, están condenados a repetirla".
Como expresión cultural, el arte es una actividad en la que el ser humano recrea con una finalidad estética un aspecto de la realidad, valiéndose de la materia, la imagen o el sonido. Empresa difícil es recrear desde el arte, una dimensión de la realidad que apenas conocemos o perfiles humanos de hombres y mujeres protagonistas de nuestra historia, creyendo que el mostrar sus debilidades, mengua el bronce que les es debido.
He aquí una asignatura pendiente. Recordar a héroes y heroínas que forjaron nuestra identidad, con sus luces y sombras, es un paso que debemos dar en la construcción de una ciudadanía adulta que reconoce y asume sus raíces. No es un dato menor. Como bien dijo Nicolás Avellaneda (1837-1885): "Los pueblos que olvidan su historia están condenados a repetirla". He de tomarme aquí una atrevida licencia, completar la frase de Avellaneda: "Los pueblos que olvidan o mutilan su historia, están condenados a repetirla". El olvido es la consecuencia: dejar de conservar en la memoria, en este caso, colectiva, hechos, personas, datos de nuestra historia. Mutilar hace referencia a la acción de amputar un fragmento de algo. Implica una decisión previa, cargada de intencionalidad, muchas veces, ideológicas. Lo cierto es que la mutilación de nuestra historia se asemeja a una censura social autoinfligida.
A mi entender, la mayor responsabilidad recae en las políticas educativas nacionales que durante décadas han vaciado de contenidos y significado la enseñanza de la Historia. Enseñanza que ha quedado reducida a simples efemérides o a engorrosas líneas de tiempo, donde el rostro humano de nuestra historia se pierde en una nube de cifras a recordar.
De ninguna manera se promueve en estas líneas, un exacerbado orgullo nacional (chauvinismo), acrítico, etnocentrista y autorreferencial, tan cercano a la mitomanía y a la paranoia. En ambos casos, la tendencia patológica a transformar la realidad al narrar un hecho o mitificar personas (mitomanía), como la predisposición también patológica, de creer que los otros, los de afuera, son una amenaza y la causa de nuestros males (paranoia), esconden un notorio sentimiento de inferioridad. Sentimiento que a veces se expresa con delirios de grandeza (somos los mejores en todo), y otras en esta inclinación al olvido y mutilación de nuestra verdadera historia.
Sin embargo, como docente de vocación, soy una mujer esencialmente esperanzada, que ve en los obstáculos, ladrillos para empezar a construir una realidad superadora. Sí hay un problema, hay una solución, sino ¿cuál sería el problema? Y la solución no es otra que la educación.
Historia, Memoria y Enseñanza de la historia, serían una buena base para intentar el desafío de asumir y aceptar lo que somos como pueblo. El horizonte se vuelve lejano y el vuelo errante, sin este anclaje en nuestras raíces.
