
Dar vuelta, de ahí viene la expresión. "Que la tortilla se vuelva", cantaban los Quilapayún en los sesentas. Nuestro Presidente se ha declarado revolucionario cuando se supone que ese "dar vuelta" es quitar a quien está encima, o sea él, para poner en su lugar a quienes están debajo, o sea, nosotros. Es de esperar que lo haya dicho, como tantas otras cosas recientemente, sin darse cuenta. "El fuego pa" prender debe ir siempre por abajo", cantaba José Larralde, algo que conoce bien quien hizo un asado. El poeta nos recordaba que todo cambio radical, para ser exitoso, se debe iniciar desde afuera del poder, no al revés. Desde los revolucionarios franceses hasta los de nuestra independencia saltando siglos hasta las figuras de Lenin y Trotzky en la Rusia soviética, los hombres de Sierra Maestra en Cuba o Mao en China, lucharon para desalojar del poder a quienes lo detentaban, es decir, ejercían sin derecho, desde abajo no desde arriba.
Apurado por la necesidad de decir algo "cool" a los jóvenes bonaerenses que intenta seducir, Alberto no se dio cuenta de que al decir "fui y soy revolucionario" estaba soplando contra el viento, que lo dicho era contra sí mismo, que estaba pidiendo que lo saquen de donde está. ¿Acto fallido? Otra interpretación sería más triste: se autopercibe fuera del gobierno.
Al decir "fui y soy revolucionario", Alberto no vio que estaba soplando contra el viento.
Pero, vayamos a otra cosa. ¿Qué posibilidad hay entre nosotros, en esta época, de que alguien reivindique un proceso revolucionario? Ninguna. Ni hablemos de la parte ética ciudadana, ni de lo mucho que costó recuperar la democracia con todos sus posibles errores, ni de los muertos inútilmente, sino solamente de la posibilidad real de instalar una revolución socialista entre nosotros.
Cuando ese árbol fructificó en Latinoamérica desde fines de los 50 hasta mediados los 70 del siglo pasado, el mundo era otro. Estaba de fondo la Guerra Fría y el mundo "repodrido y dividido en dos", como cantaba Raúl Cantilo en "La marcha de la bronca", había tenido éxito la romántica revolución cubana que prometía el "hombre nuevo" que también era mensaje del Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo que siguió al Concilio Ecuménico Vaticano II y al Documento de los obispos en Puebla, México. En China, Mao estaba realizando la proletarización sangrienta llamada "Revolución Cultural", el comunismo planeaba expandirse en todo el planeta empezando por África y Latinoamérica y en nuestros países reinaban dictaduras militares a las que oponerse en Brasil, Argentina, Chile, Paraguay y Uruguay.
La juventud universitaria se había organizado en centros muy poderosos en grandes urbes como Buenos Aires, Córdoba, Santa Fe. Se habían armado grupos guerrilleros surgidos desde la izquierda del trotzkismo y la derecha de sectores pro peronistas, habían surgido sindicatos con dirigentes duros como Raimundo Ongaro de la CGT combativa o el cordobés Agustín Tosco, bastante distintos a los Moyano de hoy, hasta los estudiantes secundarios estaban en la calle.
Ahora, tras casi dos años sin clases, ni una manifestación estudiantil, ni un comunicado, con decenas de miles de fábricas cerradas y despidos de personal, con desempleo estadístico del 14 por ciento y real del 27 por ciento, según la Universidad Católica Argentina (UCA), lo que se ve más bien es a muchos gremialistas usando la balanza para pesar plata como acusaban los Quilapayún a los patrones en uno de los versos de "La Tortilla".
¿Qué fin habrá tenido esa afirmación en quien tuvo oportunidades de producir cambios?
Felizmente, tampoco hay grupos de militares que sostengan alguna ideología del tipo que fuere ni que algunos se sienten en las bayonetas creyéndose los salvadores de la patria, ni entrenamiento de comandos civiles asaltando comisarías para hacerse de armas o bancos para sostener logística guerrillera.
No se ve en el horizonte el día en que un profesor de saco y corbata, con peinado prolijo, que festeja cumpleaños bastante lejos de las carpas de campaña guerrillera y que agita su pasión al ritmo de los ladridos de un golden retriver, pudiera encabezar un movimiento revolucionario.
¿Qué finalidad habrá tenido esa afirmación en alguien que tuvo muchas oportunidades de producir cambios, habiendo ejercido como Jefe de Gabinete con Néstor Kirchner y en la primera parte de la gestión de Cristina Fernández de Kirchner y ahora como Presidente? ¿Engañar a jóvenes inocentes haciéndoles creer que fue lo que no fue y que es lo que nunca será?
Dejando de lado toda otra consideración, hay algo malo de fondo, reivindicar una forma de tomar el poder que requiere dos métodos: asaltarlo por la fuerza o, una vez tomado en elecciones, usar la fuerza para sostenerlo. Revolución, una palabra totalmente vaciada de contenido y mal resultado si se toman los ejemplos de Cuba, Nicaragua y Venezuela. Ya no la usan ni los cantores.
