La palabra no existe en el diccionario, aunque ella sea clave para la convivencia social. Sí la incluyes en un texto, tu computadora la marcará como error. Pero lo más llamativo es que su opuesto, la maledicencia, tenga definición. Con ello damos carta de ciudadanía al vicio (maledicencia), mientras que la virtud antepuesta es paria en el territorio de la palabra. Hablo de la benedicencia como virtud moral indispensable para humanizar las relaciones humanas cada vez más deshumanas. 

La benedicencia es la virtud de hablar bien de los demás. Como toda virtud es un hábito o disposición firme y constante, que nos dispone a obrar el bien. Específicamente, el bien en esta virtud se logra difundiendo lo bueno de los demás. 

Dimensiones y límites

La benedicencia tiene dos dimensiones que son anverso y reverso de una misma realidad. Implica hablar bien de los demás, ponderando sus virtudes, pero también silenciando sus falencias. Esto no nos convierte en cómplices, pues siempre deberemos buscar un espacio para la corrección fraterna. Señalar en público debilidades ajenas, suena más a enjuiciamiento moral que a intento de ayuda.

Ahora bien, siendo una virtud, la benedicencia supone un equilibrio entre el defecto y el exceso. El defecto (carencia) se da cuando aun destacando cualidades y logros de los demás, minimizamos el esfuerzo que conllevan los mismos. No falta en ese caso, un toque de envidia, que nunca es sana y debilita (a veces anula) el acto virtuoso. Hay allí un vicio en el origen que nos impedirá alegrarnos con los logros y cualidades del otro. Más bien, la envidia genera sentimientos de tristeza y enojo por los aciertos ajenos. Y esto, nos lleva a minimizarlos.

No ha de creerse que sólo el defecto o carencia debilita la virtud de la benedicencia, también la ensombrece el exceso. Efectivamente, hablar bien de los demás, propio de esta virtud, no significa caer en alabanzas exageradas, generalmente interesadas. La benedicencia es generosa y sincera. La desmesura en la ponderación de los méritos ajenos no es benedicencia, es simple adulación. No olvidemos que esta virtud se asienta en tres pilares: la veracidad, la sinceridad y el respeto al otro. Los tres quedan afectados cuando caemos en la adulación o lisonja desmesurada.

El valor de la benedicencia

Existe un hermoso cuento infantil incluido en "El libro de la selva”, escrito por Rudyard Kipling (Bombay, 1865 – Londres, 1936), que grafica el valor de la benedicencia. Lo hace de una manera muy original: resaltando los peligros de su opuesto, la maledicencia. Es una de las enseñanzas que nos deja Kipling en su inolvidable obra literaria. En el relato aparecen diversos animales disputando entre sí el título de rey de la selva. Así encontramos al lobo argumentando que merecía ser el rey por su peligrosidad: con su boca podía despedazar a un animal en segundos. Pronto apareció el león reclamando para sí tan alto honor, pues con sus garras podía matar cinco animales en segundos. Los animalitos estaban a punto de proclamarlo rey de la selva, hasta que apareció la serpiente disputando el trono al león. Al principio todos se rieron. Pronto los animalitos comprendieron el verdadero poderío de la serpiente, su maledicencia. Muy ufanada de sí, les dijo: -"vótenme a mí como rey de la selva, porque con esta lengua mato a miles en segundos”. Cuán cierta es la moraleja de este cuento infantil. Hablar mal de otro encuentra sus raíces en sentimientos negativos como la envidia, el rencor, las propias frustraciones y el deseo de venganza. La maledicencia nos lleva a calumniar o injuriar a una persona, vulnerando su honor, buen nombre y dignidad. Y lo que es más grave, del agravio cuesta salir, porque la persona, una vez echada a rodar la calumnia suele quedar indefensa. Siempre habrá socios para la murmuración, oídos prestos y lengua precipitada y filosa para manchar la reputación de alguien. De allí el poder destructivo de la maledicencia. 

La víbora no se equivocaba. La maledicencia, es como el veneno que la serpiente inyecta en sus víctimas. La murmuración daña cual veneno de serpiente. Y daña doblemente: por la intención de causar daño y por la indefensión a la que expone a la víctima. 

 

Por Miryan Andújar
Abogada, docente e investigadora
Instituto de Bioética de la UCCuyo