La palabra es tan importante que el evangelista Juan escribió que "Al principio, ya existía la Palabra" (Jn 1:1).
No cabe duda que el lenguaje es tan esencial para los humanos porque permite que nos comuniquemos, expresemos nuestras ideas y sentimientos y es la clave para el entendimiento y la buena convivencia. La humanidad no sería lo que es si no existiera el lenguaje y el diálogo y por eso son tan importantes las palabras.
Frecuentemente, no todos damos el mismo sentido a determinados términos y en gran medida, esta es la causa del encendido debate que se ha generado en torno al lenguaje inclusivo.
Las palabras también expresan opiniones, cosmovisiones e ideologías. Por eso, nos cuesta acordar cuáles son las palabras correctas y las incorrectas.
Muchos, seguramente recordamos como un hecho impensado, sorprendente y simpático, lo ocurrido en la III Conferencia de la Lengua Española, celebrada hace algunos años, cuando el recordado humorista gráfico y escritor Roberto Fontanarrosa, se refirió al uso de las malas palabras y su importancia en la lengua española. Dedicó gran parte de su exposición a reivindicar el uso de una expresión que los argentinos usamos desde la época de los primeros gauchos: "pelotudo". Pidió además una "amnistía para los términos que frecuentemente se consideran como insultos" y recomendó integrarlas al lenguaje porque (decía) "las vamos a necesitar…".
"Pensando en el ámbito de la política: ¿Cuántas malas palabras escuchamos durante mucho tiempo en promesas incumplidas vinculadas a la superación de la pobreza, la unión de los argentinos y tantos otros temas…?"
El diccionario la define como "persona de pocas luces o que parece tenerlas".
Escuchando varias noticias asombrosas de estos días sobre la invasión a Ucrania y frente a muchos de los comportamientos de personajes notorios, especialmente en la política, más allá de la maldad, una palabra que nos viene a la cabeza nos hace recordar a Fontanarrosa cuando sugería integrar algunas de estas "malas palabras" porque las íbamos a necesitar.
También recordaba a G. K. Chesterton cuando afirmaba que si las ideas que no pueden convertirse en palabras son malas ideas, las palabras que no pueden convertirse en acciones, son malas palabras, hay entonces otras palabras peores que las que consideramos hasta aquí como inapropiadas.
Es verdad que los liderazgos en el mundo (y la política actual en general) son muy complejos y sabemos que si detrás de un grupo se reúnen varios personajes sin moral, oportunistas, incompetentes, corruptos y algunos ingenuos, el resultado nunca puede ser bueno para la mayoría. Si la palabra bendición, que viene del latín y se compone de bene (bien) y dicere (decir), podemos afirmar que estás malas palabras de algunos políticos y funcionarios son un "mal decir" o sea, una maldición para nuestro país.
Sé que esté artículo puede sonar provocador pero, pensando justamente en el ámbito de la política: ¿Cuántas malas palabras escuchamos durante mucho tiempo en promesas incumplidas vinculadas a la superación de la pobreza, la unión de los argentinos y tantos otros temas esenciales para la gente? ¿Cuántas malas palabras ocultan aún hoy muchas de las promesas de los malos políticos?
Más allá de la nostalgia, vivimos tiempos muy difíciles. Es inútil lamentarlo. Más desastroso, evadirlo o ignorarlo como si todo marchara bien, o, por miedo, dejarse definitivamente aplastar como si nada pudiera superarse.
Es importante, en un tiempo tan complejo que nos preguntemos: ¿Podemos pensar algo para que las malas palabras de las falsas promesas no condicionen tanto nuestra vida? ¿Puedo contribuir para que el diálogo pueda evitarnos escuchar desde parte de la política tantas malas palabras?
Ojalá que la nostalgia la superemos con gratitud, la evasión con compromiso y el miedo con esperanza.
Por Gustavo Carlos Mangisch
Doctor en Ciencias de la Comunicación Social
