
El baldío me trae sensaciones diferentes. En la primera edad, el de un lugar prohibido, al que mis padres señalaban como peligroso, posible junta de gente solitaria o escondrijo transitorio de algún malviviente, esas presunciones de nuestros mayores no siempre confirmadas por la realidad. El peligro -luego supimos- nos acechaba en otros sitios supuestamente más confortables, donde cierta apariencia de la gente puede disimular su peligrosidad, que radica más en su falsa imagen, su hipocresía diseñada en espejitos de colores que en su condición social.
Luego el baldío de nuestras aventuras, donde nos encontramos con algún gato callejero que nos miraba con recelo o extrañeza y un perro callejero juntaba soledades; el baldío donde descosíamos las rústicas pero inocentes ataduras de la de trapo, convencidos que éramos ídolos del fútbol como aquellos que soñábamos a partir de las entonces redondas figuritas que con gran esfuerzo nos compraban en el quiosquito, mientras la tardecita huía por un "degüello de soles" como inmortalmente pintara Don Atahualpa a la puesta del sol. Este es el baldío que más extraño; el que en las ciudades sitiadas por la crudeza del cemento desgraciadamente ha desaparecido para no volver jamás por esos sitios.
Allá por el Barrio Rivadavia, un nuevo suburbio cayó implacable sobre la canchita donde también improvisábamos las pistas de autos que fabricábamos con latas de durazno al natural, sus rueditas con rodajas de palo de escoba que agujereábamos en el centro con un clavo caliente y manejábamos con un largo alambre de acero; época del turismo de carretera de los Gálvez, Fangio, los Emiliozzi y los nuestros: el intrépido Julio Devoto (Ampacama), que hacía mucho más de lo posible con un celeste auto limitado, Tafolito Barceló, Miranda, Echeverría y Don Emilio Kellemberg y su bello auto rojo (que entiendo aún andaría aguantando los tiempos por ahí) y otros esforzados corredores de entonces. Pero, de entre la dulzura de las memorias entrañables, no puedo olvidar el baldío que aún me arrima un dolor extraño, allí muy cerca de mi casa, donde la pobreza hacía convivir en uno de sus rincones una pequeña familia compuesta por una pobre abuela y sus tres nietos, y donde una de esas madrugadas aciagas un disparo despertó el misterio del sueño de los pájaros, se erigió en una lanza de furia por la mansedumbre del barrio amaneciente, cruzó los miedos y su estampido inconfundible dejó cristalizado por un momento en el aire un enigma: a uno de los chicos se le disparó un arma, que vaya a saber de dónde sacó, y mató a uno de sus hermanitos. ¡Dónde andarán sus sueños y desvelos, Doña Rita, su tranquito irregular y sus polluelos!
