A veces pienso que las mujeres estamos en deuda con las mujeres. Cualquier movimiento de reivindicación de derechos debe abarcarnos a todas, sin excepción. Todas somos iguales en dignidad por el sólo hecho de ser personas. Si la dignidad tuviese grados, algunas tendrían más derechos que otras. Y ello, además de ser contrario a los ideales que se defienden, implicaría caer en el mismo autoritarismo que se fustiga. ¿Quién o quiénes tendrían el poder de exclusión? ¿Cuáles serían las causas para ejercer el derecho al veto a algunas mujeres? La sororidad, nombre de la solidaridad entre mujeres en contextos de discriminación y violencia hacia la mujer, quedaría en mera declaración. 

Igualdad, pero no tan iguales

Todas somos iguales, pero algunas no tanto. Es la frase que retumba en mi mente y aquello que me hace poner en cuestionamiento las formas que a veces asume la legítima lucha por los derechos de la mujer. No tengo dudas de que dudar, cuando hay honestidad intelectual, termina reforzando nuestras convicciones. Pero hay que salir de la duda, porque ante ella, el juicio moral se paraliza. La incertidumbre no es una buena estación para ese tren en el que todos viajamos: nuestra conciencia. Y es la conciencia la que debe indicarnos, con certeza, que la igualdad de las mujeres es un colectivo en el que viajamos todas. Si no hay lugar para una, todas estamos expuestas a ser la próxima en ser excluida. Aquí es donde la empatía debería ser fiel guardiana de nuestra igualdad. Y vuelvo a las preguntas iniciales. ¿Quién o quiénes tendrían el poder de exclusión? ¿Cuáles serían las causas para ejercer el derecho al veto a algunas mujeres? Repaso las noticias sobre lo ocurrido recientemente con la muestra de arte feminista en la Universidad Nacional de Cuyo (Mendoza) y pienso: Igualdad, pero no tan iguales. Dos obras en particular, agraviaron a cientos de mujeres mendocinas que se sintieron violentadas por la falta de respeto a su fe. Una en especial sobre la Virgen María resulta ultrajante por lo que representa María para la mujer creyente. El arte es una forma de expresión creativo y un canal de comunicación de ideas del artista. Pero el ejercicio de la libertad de expresión, tiene un límite que debe resguardarse: el respeto al otro, a sus creencias, convicciones y sentimientos. Es cierto que abusivamente aplicado, puede rozar con la censura. Algo inadmisible en sociedades democráticas. Pero también es cierto que en nombre de mis derechos no puedo ni debo violentar el derecho de los demás. El precio de visibilizar las reivindicaciones y derechos de las mujeres, no puede llevarse puesto el derecho de profesar, sin hostigamiento, burlas o agravios, un culto religioso. ¿O acaso, las mujeres creyentes, perdemos dignidad, status jurídico o moral, a causa de nuestra fe? 

La violencia nunca es una opción

Hay, desde mi visión, una clara violencia simbólica contra signos religiosos cristianos en la muestra "#8M manifiestos Visuales". Pero la destrucción de las obras agraviantes es entrar en el mismo círculo violento. Pienso en Pedro y el reto de Jesús cuando empuñó su espada para defenderlo, cortando la oreja de Malco (siervo del Sumo Sacerdote que buscaba apresar a Cristo). No sólo no convalidó la violencia como reacción ante una injusticia, sino que dio un paso más: curó la oreja de Malco (Lucas 22,47-51). Ese es, a mi entender, su mayor legado. El cristianismo es una barca donde hay lugar para todos. Nadie debería tener poder de exclusión ni derecho de veto. O todas somos iguales en derechos, o la pretendida igualdad es un relato.

 

Por Miryan Andujar
Abogada, docente e investigadora
Instituto de Bioética de la UCCuyo