Cuando salía Jesús al camino, se le acercó uno corriendo, se arrodilló y le preguntó: "Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna?". Jesús le contestó: "¿Por qué me llamas bueno? No hay nadie bueno más que Dios. Ya sabes los mandamientos: No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no darás falso testimonio, no estafarás, honra a tu padre y a tu madre". Él replicó: "Maestro, todo eso lo he cumplido desde pequeño". Jesús se le quedó mirando con cariño y le dijo: "Una cosa te falta: anda, vende lo que tienes, dale el dinero a los pobres -así tendrás un tesoro en el cielo-, y luego sígueme". Ante estas palabras, él frunció el ceño y se marchó pesaroso, porque era muy rico (Mc 10, 17-22). 

En la narración evangélica, san Marcos subraya que se le acercó a Jesús un hombre sin nombre, para que cada uno de nosotros se pueda identificar con él. Este sujeto corre, demostrando así un gesto vivaz que expresa entusiasmo y deseo. Le manifiesta respeto y veneración: se arroja a sus pies. "Jesús se le quedó mirando con cariño" (Mc 10,21). La mirada del Señor es el centro de este especialísimo encuentro y de toda la experiencia cristiana. De hecho, lo más importante del cristianismo no es una moral, sino la experiencia de Jesucristo, que nos ama personalmente, seamos jóvenes o ancianos, pobres o ricos; que nos ama incluso cuando le volvemos la espalda. El joven rico le pregunta a Jesús: "¿Qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?". Se trata de un interrogante fundamental que da sentido a toda la existencia. En este tiempo, en el que según la expresión de Benedicto XVI, se vive la desertificación espiritual, y en el que el vacío se ha difundido, preguntarse sobre la vida eterna indica que no se ha borrado de su corazón el fin y el sentido de la vida. La vida tiene sentido y hay que llenarla de él, pero: ¿Qué es una vida plena? ¿Qué tengo que hacer? ¿Cuál puede ser mi proyecto de vida? ¡No hay que tener miedo a enfrentarse con estas preguntas! Ya que más que causar angustia, expresan las grandes aspiraciones que hay en el corazón de toda persona. 

Jesús invita al joven rico a ir mucho más allá de la satisfacción de sus aspiraciones y proyectos personales, y le dice: "¡Ven y sígueme!". La vocación cristiana nace de una propuesta de amor del Señor, y sólo puede realizarse gracias a una respuesta de amor. Jesús, invita a sus discípulos a la entrega total de su vida, sin cálculo ni interés humano.

Los santos aceptan esta exigente invitación y emprenden, con humilde docilidad, el seguimiento de Cristo. Su perfección, en la lógica de la fe a veces humanamente incomprensible, consiste en no ponerse ellos mismos en el centro, sino en optar por ir contracorriente viviendo según el evangelio. Jesús le recuerda al joven rico los diez mandamientos, como condición necesaria para "heredar la vida eterna". Jesús nos pregunta, también a nosotros, si conocemos los mandamientos, si nos preocupamos de formar nuestra conciencia según la ley divina y si los ponemos en práctica. Es verdad: se trata de preguntas que van contracorriente respecto a la mentalidad actual que propone una libertad desvinculada de valores, de reglas, de normas objetivas, y que invita a rechazar todo lo que suponga un límite a los deseos momentáneos. Pero este tipo de propuesta, en lugar de conducir a la verdadera libertad, lleva a la persona a ser esclava de sí misma, de los ídolos como el poder, el dinero, el placer desenfrenado y las seducciones del mundo, haciéndola incapaz de seguir su innata vocación al amor. Dios nos da los mandamientos porque desea educarnos en la verdadera libertad, construyendo con nosotros un reino de amor, de justicia y de paz. Escucharlos y ponerlos en práctica no significa alienarse, sino encontrar el auténtico camino de la libertad y del amor, porque los mandamientos no limitan la felicidad, sino que indican cómo encontrarla. Plantearse el futuro definitivo que nos espera a cada uno de nosotros da sentido pleno a la existencia, porque orienta el proyecto de vida hacia horizontes no limitados y pasajeros, sino amplios y profundos. Teniendo fija la mirada en la vida eterna, el beato Pier Giorgio Frassati, que falleció en 1925 a la edad de 24 años, decía: "¡Quiero vivir y no ir tirando!" y sobre la foto de una subida a la montaña, enviada a un amigo, escribía: "Hacia lo alto", aludiendo a la perfección cristiana, pero también a la vida eterna. Seguir a Cristo implica dejar todo para tenerlo todo. No es una simple renuncia que entristece sino adoptar una lógica nueva de vida para tener un corazón multiplicado y alegre. 

 

Por el Pbro. Dr. José Manuel Fernández