
Hace unos días, mi infancia retornó, entrando por la puerta de casa. El suceso lo estaba esperando, pues me fue anunciado con anticipación, pero me sorprendió. Con ese poder milagroso e ingobernable que tienen los años viejos, para meterse en el ahora y reinventarse entre lo nuevo. Como pre configuración de esa reunión final con seres y cosas, que esperamos ocurra más allá de los tiempos. Esta vez, venia en la forma del escritorio que supo ser de mi viejo. La felicidad atesorada de mi niñez afloro otra vez, identificada con aquel mueble. Bastó repasarlo con un lustrador y su perfección resplandeció otra vez. Reúne las condiciones óptimas, la mejor madera, el mejor lustre, la mejor carpintería. Lo habrá diseñado papá, me imagino, pues la ubicación de las distintas partes, para trabajar, guardar documentos, archivar carpetas, me parecieron siempre ideales. Incluso, la forma del mueble describe una concavidad al medio, como una ochava, respetando la forma de una de las esquinas del comedor "de las visitas” de mi casa paterna. La pared de enfrente, en efecto, curvaba hacia el porche, y vista desde la calle le daba un toque característico a mi casa. O sea que ahí, el escritorio calzaba con precisión. Muchos años después, ya fallecido mi viejo, vine a conocer su orfebre. Instalado como contador de los hermanos Porres, uno de ellos, don Wenceslao, me pregunto cierto día si en mi casa paterna había un escritorio "así y así”. Le conteste afirmativamente y me dijo "yo se lo fabriqué a su papá”. Me dijo que siempre recordó lo cómodo de su diseño, su elegancia y esa redondez que lo hacía calzar justo en esa esquina. Me puso muy contento "don Wence” con ese recuerdo, y admire su memoria, pues ya habrían pasado más de cuarenta años. Aún muerto papá, casi no se lo ocupamos.
De chicos entrábamos muy poco a ese comedor, siempre impecable. Porque era "por si venían visitas” o si mi padre tenía que sostener alguna charla importante o recibir amigos. El mesón grande, de robusta madera, las sillas de estilo, el aparador sobrio, con una vitrina siempre reluciente, que exhibía unos vasos de color, que sólo usábamos en ocasiones muy especiales. Y en el antecomedor, inmediato a la puerta de entrada, el juego de living. Ese era el comedor principal de la casa. No es que teníamos prohibido entrar en él, pero evitábamos hacerlo. Únicamente la familia se instalaba allí, para la cena más importante del año, la de Navidad. Y después, la de Año Nuevo. Nada más. Ni los cumpleaños, que eran todos en el comedor de diario, o en la galería, el garaje o el fondo. Para Navidad, mi mamá armaba el arbolito sobre él, y a sus pies el pesebre, con figuras de yeso cuyos detalles aún creo ver. Especialmente la carita rosada y pacífica del niño que en esa ocasión venerábamos. Es así, esa tarde de hace unos días el pasado abandonó su desértica región y entro a mi casa, inserto en ese escritorio que me hizo revivir viejas y muy queridas vivencias. Ahora lo voy a ocupar yo, claro que su forma característica no encaja en ninguna esquina de mi casa, de paredes rectas. Pero no importa. En el lugar donde mi viejo se sentaba a teclear su Remington Rand, portátil, hoy luce mi computadora. Él sonríe desde una foto y sólo desluce mi presencia, que ni por asomo se acerca a la pinta de mi papá. Una desfachatez que tendrás que perdonar, viejo escritorio.
