Nuestras lealtades dicen mucho de nosotros. Hablan del respeto y fidelidad a los propios principios morales, a los compromisos asumidos o hacia alguien en particular. Claro que la lealtad hacia una persona no puede darse negando nuestras convicciones y principios. La lealtad no es ceguera moral. Por eso también nuestras lealtades dicen mucho de la solidez de nuestros valores. ¿Cómo ser leal a una persona que cambia de principios según los contextos o intereses personales? La lealtad está asociada con la fidelidad que no es otra cosa que la firmeza y constancia en las ideas y convicciones. Empresa difícil sí el sujeto de nuestra lealtad cambia de opinión, según sus conveniencias, en una verdadera actitud camaleónica. Claro que el camaleón lo hace para protegerse de sus depredadores. Es una cuestión de supervivencia.
¿Debemos negociar a cualquier precio?
Todos conocemos dirigentes y personalidades de distintos ámbitos para quienes cambiar de principios o de vereda es una cuestión de supervivencia social, política o institucional. Incluso, ufanados de sí mismos, se proclaman como pragmáticos morales.
Personalmente pienso que en el fondo es una cuestión de debilidad moral que tiene un alto costo: la propia humillación. Tarde o temprano la verdad siempre aparece y dejará al descubierto al pérfido. En la lucha entre los principios y el pragmatismo moral, cederán aquellos que serán valorados a partir de sus consecuencias. La verdad y la bondad se definirán conforme al éxito y utilidad que tienen en la práctica. Sí estos valores no sirven a tus intereses, puedes cambiarlos con la misma rapidez que el camaleón cambia de color, es decir 20 segundos. ¿Qué orgullo puede haber en actuar de manera tan innoble para conseguir los propósitos planteados? Podrás equivocarte en el camino y hasta en los fines elegidos, pero los valores no se negocian.
La Fortaleza de los líderes
Hay quienes sostienen que cierto pragmatismo es una cualidad necesaria para los liderazgos fuertes. A mi entender es todo lo contrario. Hay en estas actitudes, una falta de fortaleza que bloquea la voluntad para obrar lo correcto cuando aparecen los obstáculos. No hay liderazgos sin fortaleza moral. Es la virtud humana necesaria para superar los impedimentos que se van presentando a diario. No se trata de no tener temor a nada ni a nadie, sino de no ceder al miedo cuando se trata de luchar por el recto orden de valores. Son temperamentos débiles que de tanto cambiar y ceder, se quedaron sin anclaje moral. El líder no se resigna ante los obstáculos en la búsqueda de la verdad y del bien. Todo lo contrario. El verdadero líder arremete contra ellos con audacia y prudencia. Ahora bien, en la lucha por los ideales y los principios, tan importante como arremeter es el resistir, no ceder.
¿En quién tenemos puesta nuestras lealtades?
Vuelvo al planteo inicial. Nuestras lealtades dicen mucho de nosotros. Frente a la pregunta ¿cómo ser leal a una persona que cambia de principios según sus intereses personales?, la respuesta es clara. Antes que leal a los hombres, tenemos el deber ético de ser leales a nuestros principios. La lealtad no es una cita a ciegas. Es una elección y en ella ponemos a prueba nuestro propio temple moral.
Por Miryan Andujar
Abogada, docente e investigadora
Instituto de Bioética de la UCCuyo
