Según pasan los años, las omisiones van pesando más en nuestra biografía moral. Los pequeños actos de bondad, lamentablemente, no son inmunes a la postergación. Y así, la palabra amigable, el pedido de disculpas, la caricia afectuosa, mueren en un mañana que no llega. Claro que la vida es demasiado breve como para conformarnos con una benevolencia lenta o tardía. Cada omisión de bien es vivida como una carencia, como una exigencia no satisfecha. Y al contrario de lo que se piensa, en los pecados de omisión la voluntad no está ausente. Hay una decisión tomada: postergar el acto bueno. Y esta decisión es la que pesa en nuestra mochila moral, porque sabiendo hacer el bien, no lo hacemos.

El bien nos llama

Existen semillas de bondad en la constitución de la naturaleza humana. Efectivamente, una de las propiedades del ser que podemos predicar a todo lo que es, es que el ser es bueno, por el mismo hecho de ser. Así como para el sediento, el vaso de agua es bueno en tanto satisface su sed, para el existente humano, el ser es bueno en tanto satisface su tendencia al ser. Ontológicamente queda claro entonces, que el ser es bueno en cuanto es. Desde la fe, el argumento se refuerza. Dios nos creó libremente, movido por su bondad infinita. En una palabra: porque Él es bueno nosotros existimos. Las semillas de bondad ínsitas en nuestra naturaleza, son como chispas de amistad por el género humano que buscan realizarse en actos. De allí entendemos por qué el bien nos llama y es esencialmente operante. Por eso pesa tanto el bien que no hacemos.

La apatía, causa de la omisión

La apatía (del latín apathia) es un estado de ánimo impasible que se refleja en la falta de entusiasmo, desgano e indiferencia. Moralmente, la apatía es resultado de la insensibilidad e indolencia frente al sufrimiento ajeno. Esa desidia frente al dolor del otro, es causa de nuestras inacciones. De allí la responsabilidad moral por nuestras omisiones. Es cierto que el sufrimiento se genera por la maldad que existe en el mundo. Pero también es cierto, que el mal opera mientras el bien lo permite. A veces pienso que lo opuesto al amor, no es el odio, sino la apatía.

La complicidad de la omisión

La omisión del acto bueno debido es una forma de cooperación al mal. Pero no todas las formas de cooperación consisten en la comisión de actos. La cooperación también se nutre de inacciones. 

Según una conocida fórmula escolástica, que no ha perdido vigencia, las principales formas de cooperación son nueve. De ellas, las seis primeras se cristalizan a través de actos voluntarios: ordenar, aconsejar, consentir, ocultar o esconder, proporcionar medios o recursos y participar.

Los tres restantes consisten en omisiones: callar, no obstaculizar y no denunciar. Nos detenemos en la responsabilidad moral de estas tres fórmulas. En ellas se advierte la complicidad moral de la omisión que no se da solamente en el ámbito de las relaciones privadas, también se da en la esfera de lo público. Efectivamente, hemos dicho que una benevolencia lenta o tardía es una omisión de la que somos moralmente responsables. En ese sentido, callar, no denunciar o tardar en la denuncia, desde el discurso público, frente a hechos lesivos de la dignidad humana y de los derechos humanos, es una forma de cooperación al mal que genera complicidad. También es cooperación al mal cuando se maquillan términos para ocultar la realidad o disminuir la gravedad moral de acciones de suyo graves.

Omisiones y congoja

Seguramente, todos hemos experimentado cierta angustia por aquel bien que pudiendo hacer y no hicimos. La pregunta entonces, se vuelve necesaria: ¿Por qué las omisiones nos causan tanta desazón? Porque, como bien dice la poeta Margaret Sangster (1838-1912): "No es lo que has hecho, sino lo que no has hecho lo que te causa congoja al caer el sol (Sangster en "El pecado de omisión")

La mejor respuesta la encontré en un texto del escritor Dale Carnegie (1888-1955): "Pasaré una sola vez por este camino; de modo que cualquier bien que pueda hacer o cualquier cortesía que pueda tener para con cualquier ser humano, que sea ahora. No lo dejaré para mañana, ni lo olvidaré, porque nunca más volveré a pasar por aquí".

 

Por Miryan Andújar
Abogada, docente e investigadora
Instituto de Bioética UCCuyo