"Federico Guerra... era más nuestro…a quien admirábamos por las agallas de mostrar su retiro y sus ausencias de los cuadriláteros con dignidad sin estridencias…".

Ardía en petardos el carnaval y se refrescaba su euforia en verdores de albahaca mojada. Calles bendecidamente sucias por el frenesí del papel picado cayendo como llovizna de alegría sobre calles veraniegas. Humorada barrial de las murgas con sus muecas de grotesco dulce, ese teatro popular andante reflejando en borrador ocurrencias y experiencias de vida. 

La noche de febrero subida a los luminosos estandartes de las comparsas armadas a puro corazón de música y sueños de todo un año, acunados en cuartitos azules de barriadas humildes, como en el tango. Y en los costados el desfile de los grandes personajes: el gorila que perseguía a los chicos, el indio cara de malo abrillantado en aceite y betún, algunos ídolos del deporte o el cine enmascarados en la ilusión teatral de gente pobre. Y junto a ellos, infaltable y orgulloso, nuestro Federico Guerra, famoso boxeador local de proyección nacional, cuyos guantes ya lo habían abandonado hace varios años, pero le habían dejado intacto el corazón.

Niños o adolescentes nosotros, esperábamos especialmente, como mucha gente, el paso de Federico Guerra; no se bien por qué, posiblemente porque había consolidado un personaje convincente y tierno y porque su trayectoria brillante albergaba el riesgo de una exposición tan popular mediante esta ostentación poco frecuente. 

Ya viene Federico Guerra. Era la mascarita más popular; más que Tarzán, más que el indio cara de malo, más que algún otro ídolo deportivo; era más nuestro y a la vez el más simpático, a quien admirábamos por las agallas de mostrar su retiro y sus ausencias de los cuadriláteros con dignidad sin estridencias, descarnadamente ante su gente, homenaje mutuo al ritual de un ring inviolable por el tiempo y alrededor de él la pasión del público.

Mientras desfilaba, tiraba el hombre algunos ganchos ampulosos, amagues y esquives y todo resultaba agradable; ponía en el alma de la muchedumbre su historia y nos arrimaba generoso al recuerdo. Su rostro lucía testimoniado por signos inequívocos de odiseas en el rectángulo colgado de luces y asombros, rodeado de alaridos y silencios conmovedores, el rostro más popular que pasean como trofeo los carnavales.

Ahí va Federico Guerra. Mi nostalgia herida de corsos que extraño y aquel San Juan que fue admirado por sus entreveros de chayas y bombazos solapados en las esquinas, lo traen digno a la pasarela triunfal de los orgullos provincianos, a la par de una yunta popular de efigies que instalaron sus días de gloria en calles otrora célebres. 

Chau, indio malo, chau Pierrot; hasta las indagaciones de la remembranza, adorada Colombina. No se guarezcan en una villa triste las comparsas iluminadas, que las necesitamos para el disfrute. Que el viento del oeste nos descuelgue la picardía frutal de las antiguas murgas. 

Una ciudad que no logra conservar un centro comercial nocturno, salvo algún café arrinconado en la tristeza y la plaza central casi desierta, extraña aquella epopeya tan propia. 

 

Por el Dr. Raúl de la Torre
Abogado, escritor, compositor, intérprete