"Todo parado, Olivera, todo mal". Con esa frase me recibió el carnicero cuando le pedía apenas dos salchichas parrilleras para una de mis comidas preferidas. Vi en su rostro una mezcla de preocupación y de bronca, aunque no sabría dirigidas a quién. Varias veces antes, a cierta hora del día cuando habitualmente el negocio atestaba de gente (es un súper de barrio en la Capital), ya lo había visto parado en la puerta conversando o hablando de fútbol, es hincha de River. Su equipo acababa de hacer 11 goles en los últimos dos partidos y esta vez no pareció ser motivo suficiente para arrancar una conversación. Al pasar por el kiosco del quinielero una queja parecida, no sale el Loto, es muy difícil, la gente se desalienta y juega menos, para colmo ahora tenemos que cerrar a las 20, me quedo solo con los clientes fijos, quien sale de trabajar no tiene tiempo de llegar. Ese mismo día leí en nuestro diario que tres negocios grandes, fuertes y competitivos del centro mismo de nuestras peatonales ya se fueron o se están yendo con los consecuentes problemas laborales. Falabella y Compumundo ya cerraron, Garbarino tiene problemas para pagar sueldos, Ribeiro hasta vendió el local tradicional de Casa Lara en la esquina de Libertador y Tucumán y aún no sabe si se trasladará a otro local más pequeño o si también se irá. Nadie está comprando electrodomésticos ni ropa ni computadoras. Los inmobiliarios me dicen que no se están vendiendo propiedades, refugio tradicional del ahorro ante las dudas. ¿Quién necesita renovar moda cuando no hay reuniones sociales ni casamientos, ni cumpleaños ni nada que se le parezca? No se gastan los zapatos sin caminar ni se cambian las corbatas sin usar el traje. El quedate en casa podría haber incentivado el uso de la compu y tener en condiciones el único medio de entretenimiento, el televisor o el celular, pero con 60 lucas para no ser pobre o 26 para no morirse de hambre no hay manera, nada se puede. Estamos viendo las consecuencias de la fuerte caída de la economía del año pasado con la mala noticia de que el panorama para este año no pinta mejor. La actividad bajó 2,6% en febrero, 2,4% en el primer trimestre del año comparado con el año anterior y, lo que es más elocuente, 1% bajó en febrero comparado con enero de 2021. Es como si se hubiera estabilizado el pesimismo. La esperanza de rebote o reactivación se frenó con los números de febrero, parece que repuntaría en marzo para volver a caer en abril con las nuevas restricciones por la pandemia. Para tener un parámetro que nos permita ver dónde estamos parados, en 2020 la economía del país cayó algo más del 10%. Si uno lo mira desde la perspectiva personal parece poco. Si yo recibo un 10% menos, no me pasa nada o casi nada, pero el problema es que TODOS y a la vez sufren lo mismo. Ese 10% es un promedio así que muchos habrán perdido más y algunos habrán quedado en la calle, sin nada. Si ponemos en la mesa el crecimiento demográfico que viene trayendo el país (dicho sea de paso el año pasado debió hacerse el censo), todos los años hace falta crecer cerca de un 2% para recibir a los nuevos trabajadores y los nuevos argentinitos por lo que ese 2% ni siquiera se notará, hay que crecer por encima de esa cifra. La única diferencia entre esta caída de 2020 con la de 2001 es la mayor solidez del sistema político y el bancario, por eso las consecuencias no serán las mismas más allá de los naturales chisporroteos entre oficialismos y oposiciones. Difícilmente deba esperarse repetir aquellos más de 13 mil cortes de rutas con cobro de peajes por irregulares o gente que asalte camiones de ganado para carnear a los animales al costado del camino. En realidad la oposición se viene comportando con mucha prudencia manteniendo diferencias, algo imprescindible para ofrecer un eventual recambio que garantice la continuidad del sistema. Sería bueno que el gobierno, aun en su desesperación, comprendiera que lo peor que podría pasar sería no tener enfrente una alternativa para el electorado.

Nuestro salvavidas es la minería y todo lo que acarrea, industrias, construcción y servicios.

Para hacer una síntesis: Estamos en una brutal recesión, con altísima inflación, en medio de una cruel pandemia que pretende desarrollar todavía varios capítulos, sin crédito y con pocas ilusiones. Si el PBI pre pandemia era de 485 mil millones de dólares, la baja del 10% representa 48,5 mil millones menos. El Estado de la provincia de San Juan tiene un presupuesto que redondea mil millones al año, una pérdida de 48,5 mil equivaldría al cierre de casi 50 Estados provinciales de nuestro tamaño. La inflación, del 4,8% en marzo, es un fenómeno monetario que equivale a un impuesto ineludible y alto que pagan los más pobres, mientras más suba, más pobreza habrá, menos alcanzará el salario. La caída en pobreza del 46% de la población y de más del 60% de los jóvenes es una tragedia de la que no se sale sólo con un nuevo libreto y nuevos actores, deberá pasar mucho tiempo. En San Juan esta vez hay una diferencia histórica, vamos a contramano en el buen sentido, tenemos en vista grandes inversiones, nuestro salvavidas es la minería y todo lo que acarrea, las industrias asociadas, la construcción, los servicios. Más que un salvavidas, los recursos naturales en general son una especie de flotadores que no permiten que el barco se hunda. Felizmente hemos podido comenzar a explotarlos a tiempo y, según se dice, tendríamos esos flotadores por muchas décadas. Nuestra expectativa y nuestro ánimo no tienen por qué decaer frente al panorama que nos rodea, todo lo contrario.