"…Casi todo es tristeza o remembranzas a las doce de la noche en una acera llorosa de un barrio de Buenos Aires…”.

En el continente pasional de la calle, en el meollo sonoro de un barrio humilde, una luna de sal chapalea en un empedrado de lloviznas. Una muchacha lagrimea a escondidas sus ausencias y el último compadrito relojea su ventana con una respetuosa y humilde esperanza al hombro, desde que la vio pasar con su canastita de mimbre.

Un perro ladra aburrimientos a las doce de la noche en punto, la hora donde esa ciudad de teatros, cafetines y malandras satisfechos o tristes comienza sus constantes conciertos de aventuras. 

En el centro esencial de un charquito se estrella el farol y pocos grillos titiriteros de goteras homenajean a las sombras en los rincones.

En el territorio pasional de un tango yace herida una historia de amor siempre rescatable, porque el tango redime, arrima esperanzas, es todo vida.

Los acentos dulces de Malena, la que canta para los vaivenes del corazón, se entremezclan con la soledad de alguna guitarra de cuerdas viejas pero tozudas en la quimera de la nueva melodía.

Casi todo es tristeza o remembranzas a las doce de la noche en una acera llorosa de un barrio de Buenos Aires, donde una ventana porfía en no cerrar, en descubrirse el pecho frutal a la nostalgia o la esperanza, como deben ser todas las ventanas, para que las chifladuras del amor en cierne vuelen pura hilacha o zorzal por los arrabales y lleguen hasta el concierto de los organitos que portan ilusiones en clave de luna.

La emoción derribada en la ausencia de aquella María (la más mía, la lejana) que todas las mañanas el hombre aguarda en el costado de sus nunca-olvidos, porfía amaneceres cuadriculados en adoquines y plazas que parecen casi esconderse para que no las toque nada más que el tango con su caricia erótica y sus fuegos.

Este concierto permanente de esperanzas desmiento gota a gota la mala fama de engaños y llorones que le han hecho a esta canción de Buenos Aires. 

Por eso, con esa ternura encubierta que esconden las pasiones y los amores, los trancos pasionales de esta música que nos prestigia y homenajea en el mundo se desmenuzan casi siempre en nombres de mujer (las Grisel, Muñeca Brava, la Morocha, la Mocosita, Margot, Rosicler, Margarita Gotier, Soledad la de Barracas), como si la espera, la pérdida o la ilusión de ellas fueran su mejor motivo para vivir en los acordes compadritos y cruciales de D’Arienzo, las sinfonías de Pugliese, las genialidades de Salgán, los Salones de Fresedo y de Di Sarli, los torbellinos barriales de Troilo, el historial en cunas de Canaro, las ensoñaciones definitivas de Piazzola. 

Por las profundas venas de todo tango corren ríos de mieles pronunciadas; los organitos lagrimean cajitas de música simple por el riacho de adoquines desacomodados de tantos taconeos sublimes.

Confieso mi profundo amor por esta música que nos prestigia ante el mundo, desde aquellas epopeyas del que cada día canta mejor, que luego continuaron infinidad de tangueros de lujo, y la última estocada que el gran Piazzola vistió de concierto.

 

Por el Dr. Raúl de la Torre
Abogado, escritor, compositor, intérprete.