
La realidad es la que es, está ahí para bien o para mal, instándonos a reflexionar. Por incontables que sean los análisis que se hagan, y nuestros propios sueños queramos convertirlos en savia, las luces como las sombras no dejan de acompañarnos. La primera dificultad la encontramos en nuestro ego, a través de nuestro comportamiento endiosado e individualista, desvirtuando los vínculos familiares y proyectando el encierro en la arrogancia, con un desinterés hacia todo, verdaderamente inhumano y deshumanizador, haciendo que prevalezca la falsedad permanente en nuestros andares.
Hoy, realmente, se echa en falta ese espíritu solidario, cuando menos para seguir contribuyendo a aportar el tan necesario auxilio a la seguridad alimentaria mundial.
Sin duda, nos faltan brazos para el abrazo vivificante, para mejorar el suministro mundial de alimentos y estabilizar los mercados. Desde luego, tenemos que continuar mejorando el bienestar de los más débiles, en especial la de aquellos enganchados en los contextos humanitarios más desfavorecidos. La fragilidad tiene nombre de ser humano y, como tal, está en cada cual el saber cuidarnos y el hacernos valer.
El mundo desorientado
Por desgracia, el mundo y en especial Latinoamérica, se está convirtiendo en morada de gente desorientada, con gobernantes ineficaces que se enriquecen, que avivan el estrés y la confusión constante, convirtiendo a los ciudadanos en meros motores de un sistema que esclaviza y aborrega.
Indudablemente, a poco que buceemos por nuestro interior, observaremos un descalabro moral que nos está dejando en la cuneta de los despropósitos, totalmente hundidos, sin espacio de protección y de fidelidad. Es cierto que no tiene sentido quedarnos en una mera acusación evasiva de los males actuales, como si con eso pudiéramos cambiar algo, precisamos la fuerza motivadora del amor bien entendido, con un amar mejor conjugado, para responder a nuestros privativos lamentos.
Al fin y al cabo, todos requerimos alimentar en nosotros una vena de aliento compatible para que la situación se nos vuelva menos sufrible y llevadera.
Cultivar valores morales
Necesitamos volver a esa sociedad donde se cultivan los valores morales, lo que pone de relieve la importancia de sentirnos amados, como principio existencial. Activemos esa paz que se ajusta a la Carta de las Naciones Unidas y al derecho internacional. Comprometámonos a trabajar juntos por el bien común. Ya estamos globalizados, ahora nos falta hermanarnos. Antes, tal vez, tengamos que salir de nuestros intereses mezquinos; desprendernos para entregarnos al laboreo de ese orbe armónico, destruyendo la cadena del mal y enmendando nuestra personal historia, con el todo en común; puesto que somos individuos sociales, y con mayor razón, entes familiares.
Está visto que, una casa sin puertas abiertas, es como un cuerpo sin alma. Hay que renacer a diario, reinventarse y empezar siempre de nuevo cada amanecer.
