Dijo Jesús a sus apóstoles: "El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; y el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí. El que no toma su cruz y me sigue no es digno de mí" (Mt 10,37-42).
Sigue la lectura del discurso misionero de Jesús en el cap. 10 de Mateo. La proclamación del evangelio omite tres versículos (Mt 10,34-36), que son útiles para encuadrar el argumento de hoy: "No piensen que he venido a traer la paz sobre la tierra. Porque he venido a enfrentar al hijo con su padre, a la hija con su madre y a la nuera con su suegra; y así el hombre tendrá como enemigos a los de su propia casa". De la situación de la misión y de las persecuciones conexas a ella, ahora se pasa a un registro distinto, el del ámbito familiar. El campo semántico de las palabras que encontramos en el texto de hoy es el de las relaciones parentales, de la casa, hasta del vaso de agua. Detrás del léxico cotidiano se esconde otro tema: el del sufrimiento por los afectos. Estos siempre tienen una dosis de pruebas y tensiones. Baste recordar la advertencia del libro de los Proverbios 10,1: "Un hijo sabio es la alegría de su padre, pero un hijo necio es la aflicción de su madre", pero aquí se está diciendo otra cosa: es decir, que los afectos deben ser ordenados, incluso jerárquicamente. En la lógica del Reino se da una superación de los lazos familiares en el amor por el Mesías. El verbo empleado aquí para amar (al padre o a la madre, al hijo o a la hija), es el que se refiere al amor natural (philéo), no el teologal (agapáo). El afecto a los miembros de la familia debe pasar a través del amor de Dios. Sin Dios en el corazón no somos capaces de amarlos con un amor verdadero. Con frecuencia el amor de los padres hacia los hijos no es otro que una colaboración nociva hacia la diversión desenfrenada e insensata; o incapacidad para decir no frente a comportamientos abiertamente autodestructivos de los hijos. El interrogante es si a esto lo podemos llamar amor. Jesús no es duro, sino exigente. La dureza procede de un corazón malherido. La dureza procede del amor propio herido que se desahoga. La exigencia es porque creemos en las personas y por eso procuramos ayudar.
El amor de los padres a los hijos con frecuencia está dado a un nivel banal y casi consumista que lleva a reducir la familia a un pequeño albergue donde no se tiene nada en común, excepto el techo y la llave de casa. Se hace necesario abrir los ojos: es necesario ingresar nuevamente a la escuela del amor, reconociendo en Dios el modelo y la fuente de amor verdadero. Hace unos años una adolescente dejó un mensaje escrito a sus progenitores. Decía así: "Queridos míos, reconozco que han querido amarme bien, pero no han llegado a hacerme bien. Me han dado todo, incluso lo superfluo, pero no me han dado lo esencial: no me han ayudado a encontrar un fin por el que valiera la pena vivir la vida".
"El que no carga su cruz y me sigue, no es digno de mí". "Cargar la cruz" no significa "soportar" las dificultades y los sufrimientos de la vida. Jesús no invita a la resignación, como hacían los filósofos de su tiempo. No un "soportar" pasivo, sino un "cargar" activo. Una vez me decía un fraile que, no somos nosotros los que llevamos la cruz, sino que es ella la que nos lleva. Quería decir que frente a todo lo que la vida nos propone, no hay que sufrir pasivamente, sino afrontarlo corajudamente, con confianza. Entonces así, la cruz se convierte en una ocasión de crecimiento, porque Dios no te salva de la cruz sino en la cruz, no te protege del dolor sino en el dolor, no de las tempestades de la vida sino en medio de ellas. Decía san Pio de Pietrelcina: "Jesús nunca está sin la cruz, pero la cruz no lo está nunca sin Jesús. Casi todos vienen a mí para que les alivie la cruz. Son muy pocos los que se me acercan para que les enseñe a llevarla". Habrá que aprender entonces que una cruz abrazada siempre es menos pesada.
Finalmente, en el evangelio de hoy Jesús indica que el cristiano debe aprender a renunciar si es que lo quiere seguir. Él no quiere algo, sino que lo desea todo. Pero el cristiano no es el hijo de una sustracción sino de una adición. De un plus. Te pide todo, pero no te niega nada. Decía San Agustín que "enamorarse de Dios es la más grande historia de amor; buscarlo es la más grande aventura, y encontrarlo la más grande conquista humana".¸·<
