
"Amé las cosas simples de verdad, fui aprendiendo a valorar cada detalle de la vida, no me arrepiento de mi ayer, lo que sufrí ya lo olvidé, soy el autor de mi alegría", esta letra es parte de "Autorretrato de Mi Vida", cuyo autor es el autodidacta tucumano Ramón Bautista Ortega, como le decían los geniales humoristas uruguayos de "Comicolor" al gran Palito. Esta composición le viene perfecto al protagonista de esta historia, Daniel Mentesana, aunque él era fanático de Sui Generis, el mítico dúo que formaron Charly García y Nito Mestre.
Curiosamente, el genial Charly era un ácido crítico de Ortega, llegó a decir que éste "hacía música para vender latas de arvejas". El destino le tenía preparado una ironía a García, cuando casi al borde de la muerte por sus excesos, alguien ajeno al rock se hizo cargo de su enfermedad, recuperación y lo llevó nuevamente a un estudio de grabación. Ese buen samaritano fue El Rey.
Daniel Jesús Orlando Mentesana, cursó la secundaria en la Escuela Industrial Sarmiento, la de prestigiosos profesores como Lucía Ruiz de Meritello, Isidra Criado, Carmen Collado de Cúneo, Jorge Pósleman y Juan Rivas, entre otros. Mentesana era infaltable a las fiestas de Casa España o el Club Sirio Libanés, lo mismo que a los picnic de la primavera, o a los picados en Don Bosco o en la cancha de José Lahora. Su otra pasión era el rugby. Egresó de la escuela fundada por Domingo F. Sarmiento como Técnico Constructor en 1979. En los primeros años de la década del 80 se radicó en Mar del Plata, donde comenzó la carrera de Arquitectura. Cuando se hallaba en las postrimerías de la obtención del título, decidió consagrarse a Dios. El 9 de octubre de 1993 se ordenó sacerdote en el seminario de San Rafael, en la vecina Mendoza, y por aquellos días ofició su primer Misa en San Juan, en la Iglesia de la Inmaculada Concepción. Se dedicó a misionar por el mundo. Llegó a estar 18 años en Toronto, Canadá. Hace 3 años cumple su labor sacerdotal en el monasterio ubicado en las afueras del estado de Maryland, en los EEUU.
Dedicado a todos aquellos que predican la palabra de Dios en cualquier punto del planeta, como el sacerdote Mentesana, que alguna vez encontrarán el niño que fueron, llevando a cuestas su vejez, quién sabe dónde…
Por la Prof. Sandra Alaníz
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