Aunque no lo veamos, el sol siempre está, decía Marilina Ross en una de sus canciones. Ella se refería a Perón sin nombrarlo mientras el viejo líder permanecía exiliado en España. La frase es buena porque hay personajes que, vivos o muertos, presentes o ausentes nos siguen inspirando sentimientos y debates. El caso más evidente de nuestro país es Sarmiento. Siempre está, para lo grande, lo mediano y lo pequeño. En mi caso, lo pequeño. Su aniversario me salva de tener que comentar la campaña política más aburrida, pobre de ideas, poco creativa y menos apasionada de la historia que me tocó vivir hasta ahora como ciudadano. Menos mal que el prócer da infinitas aristas para recordar su memoria. Como él dijo en el inicio de su Facundo, lo vamos a llamar para que desde su tumba, en Recoleta, la más visitada del histórico cementerio, nos ayude a desvelar el camino, desentrañar este turbulento presente y avizorar nuestro futuro. "Sombra terrible de Facundo, voy a evocarte para que, sacudiendo el ensangrentado polvo que cubre tus cenizas, te levantes a explicarnos la vida secreta y las convulsiones internas que desgarran las entrañas de un noble pueblo. Tú posees el secreto, revélanoslo". Bien ha dicho Felix Luna que Sarmiento se hubiera comportado a sus anchas en nuestra época atravesada por los cambios tecnológicos. En una conferencia a la que fui invitado en la Casa Natal, monumento histórico recientemente degradado por un horno "artístico" construido frente a las infinitas placas que testimonian el reconocimiento de varias generaciones, presenté un manipulador, instrumento sencillo que permite transmitir mensajes a distancia por el sistema Morse de rayas y puntos, curiosamente un sistema binario, como el de nuestras computadoras. Durante su Presidencia de la Nación, Sarmiento se ocupó de unir telegráficamente a todas las ciudades importantes del país. Ya no sería necesario el sistema de chasquis a caballo para llevar un escrito o que los vecinos se enteraran meses más tarde de que éramos independientes de España. Al mismo tiempo dirigía sus esfuerzos a la educación popular ("todos los problemas de un país, grandes o pequeños, tienen solución en el pupitre de una escuela"), desarrollaba el primer Código Minero, importaba pájaros para mejorar la polinización o, como nos contó una investigación de Mario Pulenta, sugería la malla de totora de las damajuanas de vino para evitar que se rompieran en los ajetreados viajes a Buenos Aires. Lo grande, lo mediano y lo pequeño, nada quedaba fuera de sus intereses si representaban algún progreso, alguna mejora a la calidad de vida, algún contacto con el mundo desarrollado y moderno. Todos sus sentidos estaban abiertos en los viajes para detectar qué cosas avanzadas se deberían aplicar aquí, en qué se podrían mejorar algunos procesos, en qué se podría avanzar en la gestación de instituciones sólidas, en partidos políticos estables, en romper el aislamiento posindependencia. Doctor honoris causa en Derecho de la Universidad de Michigan, Estados Unidos, debió soportar las burlas envidiosas de sus colegas en Buenos Aires porque todos sabían que no había cursado estudios superiores. Aun hoy hay gente que supone que el diploma tiene el valor de un título nobiliario que garantiza la sabiduría de quien lo ostenta, no siempre es así. Junto con sus amigos, Mitre y Echeverría, contó como nadie la historia de esos años fundacionales, relatada desde la perspectiva de un soñador pretensioso que defendía sus posiciones frente a la que consideraba visión imperfecta y atrasada de sus adversarios. En esos años, la educación no existía como preocupación de los gobiernos, menos aún la educación de las mujeres. Él, por sus propios medios luchó y consiguió instalar el tema en la sociedad hasta llegar al punto de considerarlo algo esencial: educación para todos, pobres y ricos, hombres y mujeres, niños y niñas. La primera edición de su periódico El Zonda, incluye el relato del acto inaugural del Colegio de Pensionistas Santa Rosa de Lima que él dirigiría el 9 de julio de 1839. "Dieciocho bellos ángeles vestidas de blanco, enlazadas sus sienes con laureles de cinta color patrio, su talle esbelto y fijo trazado de un cinto semejante a la llama… símbolo del deseo ardiente que ocupaba sus corazones por el estudio y el brillo de una reputación…". Un viaje a Marte resultaría hoy menos polémico que ese acto en aquellos años. Es difícil imaginarlo sonriente, no aparece así en ningún retrato aunque se le conoce ácido en sus réplicas y sarcástico en sus descripciones periodísticas como cuando nombraba al Presidente Juárez Celman "el marido de la hermana de la mujer de Roca". Clara Funes tal vez haya sido la única mujer en el mundo que casó a sus dos hijas con dos presidentes consecutivos de la nación, Roca y Juárez Celman. Agresivo en sus discursos del Congreso enfrentó a dos colegas en un pasillo, ambos cubrieron el ancho para cerrarle el paso y uno dijo fuerte, "Yo no dejo pasar a los animales". Sarmiento, con una agilidad mental superior respondió: "Yo sí" y se hizo a un lado. 210 años después de su nacimiento todavía nos queda tarea por hacer de la que él imaginó, la navegación de los ríos por ejemplo. Una visita a su tumba como a su modesta casa del barrio Carrascal o a la humilde morada de Buenos Aires donde con mal gusto se llegó a vender dulces regionales y otras minucias, nos sigue estremeciendo como si nos estuviera reclamando o reprochando algo. Es que Sarmiento sigue vivo, está, aunque no lo veamos, siempre está.