De una pandemia que se cobró millones de vidas en todo el planeta, pasamos a una guerra cruenta que mantiene en vilo a toda la humanidad. Lo cierto es que la realidad nunca deja de moverse. Su dinamismo es tal, que a veces nos sentimos como zarandeados en un gran cedazo. No hablo de ninguna mano invisible que menea con fuerza las asas del cernedero. Tampoco hablo de un titiritero que nos maneja cual marionetas en el teatro de la vida. No creo en dioses que juegan al azar con nuestro destino. Hay demasiado orden y belleza en el mundo, como para pensar que todo es simple azar. No en vano, Tomás de Aquino (1225-1274) demostró apoyado sólo en la razón, la existencia de un Ser creador a partir del orden existente en el universo. Hasta allí llega la Filosofía. La fe va mucho más allá y le llamará Dios. Hay quienes, siguiendo los nombres que las Escrituras aplican a Dios, le llaman Él, Elohim o Adonay, haciendo referencia al poder de Dios sobre la creación. Otros le llaman Yahvé (El que Es) en relación directa con su esencia metafísica. Yo prefiero llamarle "Padre”. Ello no sólo por la cercanía que produce, sino por la certeza que tenemos de que como Padre cuida a sus hijos. La teología nos enseña que Dios conserva las cosas creadas en la existencia y nunca se desentiende de lo creado. Aunque a veces la humanidad pareciera desbarrancar, Él es la garantía de la subsistencia del mundo. Existen argumentos de razón para tal afirmación, pero Dios siempre habita en la zona del misterio. Caso contrario, no sería Dios. Como bien dice la Carta a Los Hebreos, la fe es certeza de lo que no se ve (Hebreos, 11.1) El resto es una decisión libre. Dios no forzó nunca a nadie a creer. Puedo dar testimonio de ello.

Una guerra que nos avergüenza

Ciertamente que ni el mal ni las guerras pueden leerse en clave de orden y perfección. No hay bien, ni orden ni belleza allí. Pero esas ausencias confirman nuestro punto de partida. La ausencia es la carencia de algo. De algo que preexiste. Y lejos de invalidar, confirman la regla: el desorden es lo que ratifica la existencia del orden. 

La invasión rusa a Ucrania que nos avergüenza como género humano, no puede ser atribuida a la providencia divina. El mal es un desorden provocado por nuestras decisiones. No hay un Dios distraído que juega al casero ausente. Hay hombres y mujeres que desde el poder juegan a ser dioses. Sin olvidar como bien dice Juan Manuel García Castrillón, que la autoridad no puede rebelarse contra el orden moral sin derrumbarse ("Sin respeto a Dios no hay posibilidad de paz en la tierra", www.diariodecuyo.com.ar del 4/3/2022)

No hay lugar para la neutralidad

Ahora bien, no sólo nos avergüenza la masacre de civiles indefensos. Nos agravia también el apoyo de algunos líderes mundiales, tanto como el silencio cómplice y reacción ambigua o tardía de otros. Afortunadamente ya no hay espacio para la neutralidad ni para el negacionismo como sucedió en la Segunda Guerra Mundial o con el Holocausto. En realidad, nunca debió haber. ¿Cómo se puede permanecer neutral ante tamaña ignominia? ¿Cómo negar las atroces imágenes que recorren el mundo gracias a las redes? En la era de las tecnologías de la información, las fronteras se diluyen y nos convertimos en vecinos del mundo, en una especie de aldea global interconectada. Claro que ni la internet ni las redes sociales pueden desbloquear las barreras mentales generadas por ideologías radicalizadas. Es cierto que esta realidad que transitamos genera desconciertos que desalientan. Pero que no sean estas líneas una apología del desánimo. Nuestra constitución ontológica nos lanza irremediablemente hacia el futuro. Por eso siempre estamos en estado de vía o peregrinaje, construyendo nuestra historia y biografía moral. Y en este viaje no hay lugar para la desesperanza. ¿Quién se lanza al mar negando que haya un puerto al cual llegar? Y no es sólo una cuestión de fe. Es un tema de responsabilidad para con las generaciones presentes y venideras. La invasión rusa a Ucrania nos pone ante escenarios de consecuencias imprevisibles. Claro que la responsabilidad es correlato del poder. Poder que lamentablemente, no siempre está a la altura de las circunstancias.

 

Por Miryan Andújar
Abogada, docente e investigadora
Instituto de Bioética de la UCCuyo