Empezamos a transitar un nuevo año. Después de los festejos, llega el momento de la memoria y del balance. Logros y fracasos que nos marcaron como personas. Cada cual sabrá hacia donde se inclinó su propia balanza. Pero prefiero ahora, que reflexionemos sobre el balance entre lo bueno y lo malo que vivimos como sociedad.

Empecemos por la parte negativa. El 2021 fue un año difícil para los argentinos. La continuidad de la pandemia, aumento de la inflación, hogares pobres cada vez más pobres, la inseguridad que no cesa, más pymes cerradas, son algunas de las realidades dolorosas que nos dejó el año que se fue. No obstante, la sociedad civil aprendió algunas lecciones que registramos como positivas.

 

YA NO HAY EXCUSAS

La primera de las enseñanzas aprendidas como sociedad, es que "ya no tragamos sapos". Esta frase popular lejos de su aparente vulgaridad, es cabal metáfora de una actitud ciudadana reflexiva. La decisión de no vernos obligados a aceptar excusas y hechos que nos generan fastidio. Sería como forzarnos a admitir arengas y circunstancias tan poco apetecibles como tragarnos un anfibio.

Hemos convivido con estos escenarios de desigualdad e injusticia demasiado tiempo, como para creer que todo se resuelve atribuyendo culpas a administraciones anteriores. Tampoco tenemos la certeza de que las gestiones venideras habrán de cambiar esa lógica. Mientras tanto, como en un espiral enfermizo y sin salida, la política con minúscula nos ha metido en un gran carrusel. Y digo con minúscula, señalando las diferencias con aquellos que consagran su vocación política al servicio del bien común, aceptando "las cargas de su oficio" (Constitución Pastoral Gaudium et Spes,75). 

Aclaro al lector que no inspira estas palabras, ni el reproche injusto del "todos son iguales", ni el desánimo de "la salida está en Ezeiza". Por el contrario, ambas actitudes son como ruedas dentro de un espiral que nunca encuentra dónde comenzar, ni por dónde salir. Es sabido que la desesperanza no es buena aliada de la audacia que se necesita, para saltar esa puerta giratoria que no nos lleva a ningún lado. 

Advertirán que no estoy hablando del círculo en el sentido estricto de figura geométrica. Hablo del círculo vicioso en el que insiste caer parte de nuestra dirigencia, repitiendo una y otra vez los mismos errores e idénticas excusas. Ese es el sapo que ya no tragamos.

 

TODOS ADENTRO

La segunda de las lecciones asumidas, es el derecho que tenemos de exigir mayor compromiso en la clase dirigencial para avanzar por el camino del diálogo y consenso. La Patria es de todos, no de quienes temporalmente detentan el poder por mandato de la ciudadanía. Mandato que incluye y excede largamente la militancia partidaria. Cuando esto se olvida, la grieta que nos separa se profundiza. Sin Amistad Social el país se nos vuelve un lugar hostil. Y esto es la mayor inmoralidad de la lógica del círculo vicioso. El hacernos sentir extraños en nuestra propia casa o excluidos de la lista de invitados cuando en realidad, la celebración es de todos. Tampoco ayudan los discursos agresivos de quienes rotulan al adversario con palabras despectivas mezcla de aversión y arrogancia. El concepto de "casta" arrojada como insulto a la clase política ahonda más la grieta. 

ROMPIENDO EL CÍRCULO

Según mis nociones básicas de geometría, el círculo es una figura de la que no se puede salir, sino rompiéndolo. Urge pues, encontrar una alternativa que interrumpa la lógica del círculo vicioso. Y la solución está fuera del carrete. Es la ciudadanía quien tiene las herramientas. Una ciudadanía despierta que asuma su derecho de reclamar, con las reglas de la democracia, que los gobiernos de turno dejen de apoyarse en el pasado como excusa y encaucen al país a su destino de grandeza. El mandato popular siempre es hacia adelante. En ese viaje hacia el futuro, la sociedad debe velar para que nadie quede fuera. De esa manera nuestro país será una casa común, amigable para todos. 

 

Por Miryan Andújar
Abogada, docente e investigadora
Instituto de Bioética de la UCCuyo