Algo inusual y extremo está abrumando al Hemisferio Norte, vinculado al clima. Muchos expertos, y quienes no lo son también, lo interpretan como una manifestación del fenómeno conocido como "Calentamiento Global”. Este es entendido como la consecuencia de una indolente e irresponsable acción humana sobre el medio ambiente. Por otro lado, otros especialistas contrastan atribuyendo el dantesco momento sólo a un ciclo de intenso calor, que no se repetiría en próximas estaciones. Mientras tanto, la contingencia se presenta como récord en la historia de las mediciones térmicas. Los registros lo describen en su justa relación: una típica y fría ciudad montañesa en Canadá, Lytton, cuya temperatura en verano alcanza 25º, ha llegado a los 49,6º. Excesivo, inclusive para quienes estuviesen habituados a veranos tórridos, no siendo el caso en el Hemisferio Norte. Esta población, como corolario del insalubre calor, debió sufrir incendios, espoleados por la sequedad de los campos, situación que se reproduce en cientos de regiones. En el mismo Círculo Polar Ártico, donde en verano es difícil que se superen los 10º, se han registrado 30º.

Los interrogantes ahora se enfocan sobre la perspectiva de que tan dañosos registros se reproduzcan en el Hemisferio Sur, ante el inminente verano. Resulta incuestionable que, al tratarse de situaciones que pueden comprometer la vida humana, animal y vegetal, lo sensato sea el disponer con antelación lo que fuese menester para afrontar temperaturas tales. Si bien esto debe hacerse desde el plano individual y familiar, los factores decisivos corren por cuenta de los Estados. Un acento en un rol de "vigía”, relevando y notificando al instante sobre situaciones peligrosas, serían cruciales. Es lo que las autoridades de Estados Unidos, por caso, tuvieron que disponer, cuando sus rutas del noroeste se volvieron no solamente intransitables, sino altamente peligrosas debido a que su asfalto se derretía por el calor. Los vehículos quedaban atascados, y las personas corrían graves riesgos al quedar inmovilizadas a la intemperie. Autoridades de regiones tan distantes entre sí como Irak o Europa, al detectar incrementos en la atención sanitaria por golpes de calor, decretaron feriados. Todo esto, y no es menor, tiene y tendrá severos efectos económicos y biológicos. Sólo si se estima el daño en cultivos y ganadería que temperaturas tales provocan, o el significativo incremento global de consumo de energía, podría dar una idea de derivaciones insoslayables. Sin embargo, un paliativo crucial, y en muchos casos decisivo, también cae bajo la planificación estatal. La ciencia hace ya demasiado lo ha determinado: una suficiente cantidad de árboles logra reducir en verano la temperatura de las ciudades hasta en 12ºC. Esto, ha sido corroborado recientemente una vez más por investigaciones suizas publicadas en Nature Communications. Aunque esta, aunque fuese una alternativa indiscutida y superior, resulta obvio que no se puede disponer entre urgencias térmicas.