Juan el Bautista oyó hablar en la cárcel de las obras de Cristo, y mandó a dos de sus discípulos para preguntarle: "¿Eres tú el que ha de venir o debemos esperar a otro?" Jesús les respondió: "Vayan a contar a Juan lo que ustedes oyen y ven: los ciegos ven y los paralíticos caminan; los leprosos son purificados y los sordos oyen; los muertos resucitan y la Buena Noticia es anunciada a los pobres. Y feliz aquel para quien yo no sea motivo de tropiezo!" Mientras los enviados de Juan se retiraban, Jesús empezó a hablar de él a la multitud, diciendo: "¿Qué fueron a ver al desierto? ¿Una caña agitada por el viento? ¿Qué fueron a ver? ¿Un hombre vestido con refinamiento? Los que se visten de esa manera viven en los palacios de los reyes. ¿Qué fueron a ver entonces? ¿Un profeta? Les aseguro que sí, y más que un profeta. El es aquel de quien está escrito: "Yo envío a mi mensajero delante de ti, para prepararte el camino". Les aseguro que no ha nacido ningún hombre más grande que Juan el Bautista; y sin embargo, el más pequeño en el Reino de los Cielos es más grande que él" (Mt 11,2-11).

Vamos llegando casi a la conclusión del Adviento: tiempo de reflexión, propicio para interrogarse sobre la esencia de la existencia, mientras caminamos en el tiempo. El pensador francés Michel de Montaigne (1533-1592), realizando una breve meditación sobre la vida, señala que el valor de ella "no está en que los días sean largos o cortos, sino en el uso que hacemos de ellos, ya que uno puede haber vivido muchísimo y sin embargo poquísimo". El tiempo cronológico es igual para todos, pero es diverso el contenido existencial que lo llena. Hay quienes solo tienen días vacíos delante de sí, "días y años tristes -como confiesa el Eclesiastés- de los cuales dice: "No les encuentro gusto alguno" (12,1). Es que la intensidad del tiempo no consiste en el número de años pasados que nos pasan, sino en la cualidad de los días vividos y colmadas sus horas de obras fecundas, pensamientos positivos y afectos limpios. Y eso no depende del calendario ni del horario, sino de la postura que uno asume frente al tiempo. Basándonos en este principio, es de esperar que las tres semanas que llevamos de preparación a la Navidad, hayan sido fructíferas en el examen de conciencia sobre el progreso de la vida interior. De lo contrario será otro Adviento más, marcado por la mediocridad y el sin sabor de los días. Un Adviento existido pero no vivido.

Este domingo sobresale la figura de Juan el Bautista, el profeta del silencio; el que sabe muy bien quién es él, y quién es el Otro. Él no es el Mesías, ni Elías, ni Isaías. Es más que un profeta. Una voz que grita en el desierto: he ahí la revelación de su identidad. Es la voz del que "pro-voca", es decir, "llama a algo". Tiene la capacidad de suscitar una reacción en quien lo escucha, no temiendo entregar su vida por la causa que defiende. Habría que recordar que quien no es capaz de arriesgar la vida por sus ideas, o vale muy poco él, o no valen nada sus ideas. Juan sabe antes que nada, que lo que presenta es una persona, la de Jesús, que se hace Palabra encarnada, y no un simple o rutinario mensaje más. Él es un profeta que tiene la experiencia del desierto; por eso su palabra es viva. Sin el silencio previo no puede darse luego anuncio verdadero. 

Hace tiempo leí la declaración del escritor portugués José Saramago (192-2010), Premio Nobel de Literatura 1998, con ocasión de presentar en Madrid un libro suyo; "El hombre duplicado". Se definía comunista y ateo, pero proponía como un camino alternativo a la desesperanza, "regresar al silencio del pensamiento, en estos tiempos en los que el ruido ocupa el lugar de la reflexión". Me parece de suma actualidad esta idea, ya que al escuchar o ver en los medios de comunicación a los denominados "opinólogos" o "creadores de opinión", percibimos que expresan con toda seriedad su parecer sobre cuestiones puntuales, demostrando que su competencia es al menos dudosa. No dicen nada y quieren demostrar que saben de todo. La mayoría de ellos no gustan del silencio ni son personas de pensamiento, sino de exhibición vana y ambición ciega. Y la palabra que surge del ruido y vive pendiente de los reflectores del espectáculo, ya no es palabra sino charlatanería vacía. La voz del Bautista tiene el timbre de eternidad porque previamente se ha sumergido en la atmósfera de la contemplación reflexiva. Juan necesita del desierto para luego ser solamente "voz". En cambio los otros necesitan de la plaza y la platea para llegar a ser "personajes".